Érase una vez… Villaseca de la Sagra.

XXI Alfarero de Oro

Érase una vez un pueblo pequeño, navegando en las rojas arcillas alfareras de La Sagra toledana, con una plaza de toros pequeñita, demasiado pequeñita, que llevaba años y años celebrando la magia de la lucha y muerte entre el hombre y el toro, con acento especial en los que empiezan.

Nunca nadie había osado ponerse en su contra, muy al contrario todos los aficionados a este noble arte, y sobre todo los que viven de él, lo habían ensalzado como uno de los grandes apoyos a esos chavales que quieren convertirse en héroes, en esta maravillosa historia de vida que se llama tauromaquia.

He aquí que un buen día, apareció un Ogro grande y malo, se había convertido en antitaurino y había adoptado la forma de sindicato. El villano Ogro antitaurino, vino al pueblecito alfarero, que brillaba esa tarde con reflejos de oro, acompañado de un ejército de orcos y zombis, que querían evitar que se celebrarán las novilladas previstas en honor a la patrona, lo que hizo que el pueblo, abanderado por su Alcalde, se opusiera con todas sus fuerzas a las coacciones del Ogro malo antitaurino y sus compinches (1).

El primer día y tras enfrentamientos, persecuciones y acosos del Ogro y sus secuaces, el pueblo y sus gentes consiguieron hacer el sorteo de la legendaria ganadería de toros bravos a la que se conoce con el nombre de Cebada Gago. El Ogro había logrado que, del cartel inicialmente previsto, se cayeran dos de los novilleros, pero eso no fue ningún problema para el Alcalde y su equipo, porque a modo de mago Merlín y haciendo uso de su varita mágica tipo smartphone, consiguió que dos nuevos valientes ocuparan los puestos de los huidos. De esta manera a las 18:30 h. se hacía el paseíllo de la primera del Alfarero de Oro, con tres Pequeños Héroes pisando el albero dorado de La Sagra.

Esa misma tarde, acompañando a los Pequeños Héroes, surcaron el ruedo sagreño unos Guerreros vestidos de plata y azabache, y unos Centauros dorados, con nombres desconocidos para el gran público y para la mayoría de aficionados. Estos valientes venían a proteger a los Pequeños Héroes en su lucha contra las fieras a lidiar en la placita. Llegaron siendo anónimos, pero su gran trabajo y maestría los hizo grandes, llegando a ocupar parte del corazón alfarero y de su historia.

El villano y oligarca Ogro antitaurino y su ejército, desaparecieron del pueblo para no volver nunca jamás, aunque siguieron con su boicot, logrando que algunos novilleros abandonaran. Incluso consiguieron que el mago Saruman, un mago maligno con muchísimo poder, se presentase una tarde haciéndose pasar por inspector de trabajo…(2)

A partir de la espantada del Ogro y sus fanáticos, las tardes se fueron sucediendo pacífica y plácidamente en el pueblo, no así en el ruedo de la placita de toros, donde día a día, tarde a tarde, surgía la emoción del novillo-toro, bravo o encastado, manso o problemático, duro o complicado, no hubo tarde donde los allí presentes no vibraran de emoción, sobre todo con un Guerrero de plata y azabache de nombre José Otero, que fue capaz de poner la plaza en pie, todas y cada una de las seis tardes en las que cogió los palos y banderilleó, nunca aquellas gentes habían disfrutado tanto del tercio de banderillas…¡Olé! se decían, y esperaban expectantes a la tarde siguiente para ovacionar con locura al Guerrero.

El Guerrero Otero estuvo acompañado de un ejército de valientes paladines que hicieron valer su nombre por su valor: Manuel Bejarano, Corrucu de Algeciras, Ángel Mayoral, Juan Antonio Heredia, Víctor del Pozo, y otros cuyo nombre ya no recuerdo, por lo que ruego me perdonen…

Por su parte, los Centauros dorados pareciera que estuvieran en otra distinta batalla, pues sus peleas con el noble bruto dejaban mucho que desear y eso que los animales, excepto algún caso aislado, tampoco ponían mucho de su parte, sobre todo por la falta de acometida y empuje demostrada en sus peleas con los Centauros. Cierto es que el arte del Tercio de Varas, ha sido un mero trámite en su realización por todos los actuantes, tanto por la mala colocación de los novillos para la pelea, como la de los propios Pequeños Héroes que se quedaban en los medios, cuestión ésta a mejorar en el futuro si queremos que crezca el brillo del oro alfarero. ¿Acaso podríamos ayudar a realizar la suerte pintando rayas grises, como las del tercio, que faciliten la colocación óptima?, se preguntaban algunos aficionados en el tendido.

La feria había empezado algo descastada y sin las hechuras y trapío propias de la famosa plaza de toros y su Certamen novilleril, pero tarde tras tarde, in crescendo, fue ganando en presentación y en trapío: Jandilla, La Quinta, Baltasar Iban (con casta para regalar), llegando al clímax de hechuras en la tarde de los de Monteviejo, novillos-toros con trapío y muy astifinos. El desafío de encastes fue una escalera en su presentación, con el del Conde de Mayalde destacado en trapío y casta. Gran variedad en tipos y encastes los que pasaron por el albero áureo de la placita de toros, tal es así que quedarán para el recuerdo alfarero y su historia nombres como Perlas Negras 46, de La Quinta, Fusilito 61 y Arbolario 99, de Baltasar Iban o Escultor 19, del Conde de Mayalde, todos ellos premiados tras su épica muerte, con el pañuelo azul de la vuelta al ruedo, en algún caso excesiva.

De los Pequeños Héroes dirán las crónicas que se jugaron el tipo y la vida en su lucha con los novillos, que por otra parte es lo que debe hacer un novillero. Un selecto grupo con valor, ilusión y ganas de llegar a ser grandes: Silvera, Rojo, Zazo, San Román, Martínez, Perera, Peseiro, Polope, Sáez, Olmos, Hernández, Fonseca, El Chorlo, Olsina, Montero, Cabrera, Pérez y Aguilar ¡Honor a los valientes! De entre todos ellos destacaron con luz propia José Rojo, Jorge Martínez, Miguel Aguilar y un inconmensurable Isaac Fonseca.

Uno más de los importantes personajes que pulularon y mucho en el pueblecito alfarero esos días, fueron los aficionados, un verdadero ejército de diletantes apoyando y defendiendo la tauromaquia y al Alfarero de Oro, llenando todas las tardes (cuatro de no hay billetes) los tendidos de gentes venidas de mil sitios y lugares: sagreños, toledanos, madrileños, maños, extremeños, abulenses, coruchos, culipardos, valencianos, castellonenses y un largo etcétera, a los que hubo que sumar a los chicos de Burladero Joven que campan por cualquier rincón de España, o los miembros de la asociación El Toro de Madrid. Mención especial merecen los aficionados franceses llegados a Villaseca (Mont-de-Marsan, Montpellier…), particularmente los socios de la ADA Parentis en Born, asiduos al Alfarero.

La pasión y afición por la tauromaquia, el amor a la base de la Fiesta, la unión con el pueblo y el aficionado, han sido, son y serán las bases para sacar adelante este Alfarero de Oro, cada vez más grande, cada vez más importante, cada vez más necesario, un Certamen fundamental en la Tauromaquia actual:

¡Honor a quien honor merece! (3)

            Y colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado…

 Toledo, septiembre 2021
Rafael Villar 

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