Obispo del temple.

De obispo y oro atravesaba la torera calle Iris esta tarde, su tarde. La de chispazos y tinieblas, de oles «desbocaos» y gajes del oficio. Hoy los excelsos arcos de la Maestranza han visto torear. De obispo y oro llevaba atornillado a un victorino por naturales. Homilía grande de pura colocación, autenticidad sobre el albero más exigente del planeta y fidelidad a un concepto difícilmente igualable.

Tras eternos meses de pedir la vez y con el número en la cola, ha pedido sitio Emilio De Justo. Se oyeron las bulerías en forma de chicuelinas, los tangos por trincherazos… y un puñado de «ayudaos» por alto levantando a la afición sevillana del ladrillo visto. Un verdadero brindis, con lápiz y papel en lugar de montera, a los amigos empresarios.

Se susurraba entre asientos que por efímeros instantes se transformaba el amarillento ambiente baratillero en un añejo blanco y negro. Algunas estampas tan puramente clásicas duraban más de lo usual. Decían los maestros, satisfechos y sin dudar, que estaba en los medios el secreto del toreo caro. En redondo, daba un diestro de chorreras largas y hombreras caídas una enrazada lección de temple, el temple que conduce a la llave. Esa preciada y ansiada llave. La que abre la Puerta de las puertas. Pero se tuvo que ir en un mísero pinchazo de sitio feo. Estaba ya impreso en las portadas de los periódicos de Sevilla. El Obispo del temple llegó a saborear la Puerta del Príncipe, mas esfumándose ésta cual larga cordobesa.

Artículo de opinión de Romero Salas

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