Un torero genial e inclasificable (I).

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Articulo de Santi Ortiz.

Tirando una moneda, decidió a cara o cruz, qué carrera estudiaba de entre las dos que le apetecían: Ingeniería naval o Medicina. Salió la última y a ella dedicó sus estudios.

Estando en la Facultad, se organizó un festival taurino con motivo de festejar la colocación de la primera piedra de la futura Ciudad Universitaria, en el que había cuatro becerros para los estudiantes de las cuatro facultades. Él, que no sabía nada de toros, se apuntó en la cuadrilla de Medicina. Y aunque no figuraba como matador, salió antes que nadie a parar el becerro y, sin haber toreado nunca antes, le formó tal lío lanceando a la verónica, que, entre sorprendido y asustado por el entusiasmo generado, se metió en el callejón y ya no salió más. Pero aquel día comprendió que había nacido para ser torero. Y torero fue.

Después de torear una novillada en Villagarcía de Arosa, mientras fumaba plácidamente un pitillo en compañía de la cuadrilla, vio reflejarse en el espejo del hall del hotel un rostro y una figura femenina tan cautivadoras que le hizo exclamar dirigiéndose a sus hombres: “Señores, acabo de ver por vez primera a la mujer de mi vida.” Y se casó con ella.

Un hombre así, que entrega al azar y la clarividencia aspectos tan trascendentales de la vida como a qué iba a dedicar su existencia o quién sería la compañera con la que compartir reveses y alegrías y crear una familia, no es un hombre común. Es un hombre que jamás podría abrigar un espíritu cartesiano ni figurar entre los prosélitos de la disciplina ni ser un tasador de probabilidades que le ayudaran a inclinarse hacia una decisión. Un hombre así es fruto del relámpago, el hijo soñado de un maridaje explosivo: intuición e inspiración; uno de esos predestinados a la creación artística o a cualquier otro parto del espíritu donde las musas lleven la voz cantante y el genio esparza voluptuoso sus singulares dotes.

No cabe duda de que alguien con tal carácter no se aviene ni mucho ni poco con la regularidad, pero tampoco con las medias tintas. O cumbres o simas. O sol resplandeciente o lóbregas tinieblas. El gris, si acaso, para bordarlo en plata en el traje de luces. Nada más. Alguien que, como él, descubre el toreo como quien se topa con un continente inesperado; que no llega a la orilla de la Tauromaquia por dinero ni por apreturas económicas ni tan siquiera por apetencia de gloria, ha de sentir en lo más íntimo el soplo del misterio de una vocación irrenunciable, el latido espiritual de un misticismo que lo proyecta al éxtasis o a los infiernos. Un torero así, amén de otras virtudes, no tiene mejor arma que su autenticidad.

Venido al mundo en la localidad segoviana de Sepúlveda, Victoriano de la Serna –que no es otro nuestro protagonista– encarna un caso de decidida inclinación al toreo. La oposición familiar a sus sueños de montera y estoques era tan fuerte que, incluso toreando ya sus primeras novilladas, le amenazaron con recluirlo en el correccional de Santa Rita si no dejaba los toros. No les dio opción. Aquella misma noche, con las perrillas que tenía, abandonó Madrid, donde residía con su madre y hermanos, y marchó a Salamanca, para simultanear sus estudios de galeno con la tapia de los tentaderos. Ya en junio de 1931, lo sorprendemos toreando sin caballos en Zaragoza; más tarde, torea una novillada en Pontevedra, luego la ya mencionada de Villagarcía de Arosa y, como además de contarse entre los llamados, Victoriano parece figurar en el selecto club de los elegidos, crea en torno a sus actuaciones cierto ambientillo que, por ese impredecible conducto del boca-oreja, llega hasta la empresa de Madrid, quien se pone en contacto con un peluquero de la calle Peligros que hacía las veces de apoderado ofreciéndole a La Serna una novillada en la Capital. Enterado el muchacho, y dudoso de estar lo suficientemente preparado para tal responsabilidad, exige unas condiciones desmesuradas para un desconocido como él –una novillada de lujo y alternar con dos figuras de la novillería del momento–, con la esperanza de que el empresario le diga que no. Pero cuál será su sorpresa, cuando la Empresa acepta su propuesta y Victoriano ve su nombre anunciado en Madrid para estoquear una novillada de Pinto Barreiro, junto a Chiquito de la Audiencia y Alfredo Corrochano. La fecha que rezan los carteles es la del 27 de agosto de 1931. Hace tan sólo dos años y tres meses que se enfundó, en Colmenar Viejo, su primer traje de luces.

A La Serna le basta un novillo –se corta con el estoque al entrar a matar y ya no saldrá de la enfermería– para dejar una huella imborrable en la afición de Madrid. Más aún, le bastan cuatro verónicas –como a Belmonte aquellas cinco sin enmendarse– para llenar de asombro los tendidos de la plaza de la carretera de Aragón. Siendo una época de grandiosos veroniqueadores –Curro Puya y Cagancho, entre ellos–, Madrid jamás había visto antes torear de esa manera. Sirva de muestra la imagen que aparece en la cabecera de este artículo. Esa celebérrima foto, ilustra una de las verónicas que Victoriano instrumentó ese día.

 O esta otra, por el otro pitón –no, no es la misma imagen invertida–, que merece la pena examinar. Tírenle una plomada de la montera a las zapatillas y comprobarán su verticalidad. Reparen en lo asentadas de éstas y advertirán su absoluta quietud. Observen la frontalidad del cite con el compás abierto y el relajo que emana de su figura y, por último, aprecien lo bajas que lleva las manos. Y, en el conjunto de su apostura, adviertan su hierática elegancia, ese “barrido desmayo” que cantaba Gerardo Diego de la verónica gitana; aunque éstas fueran creación de un payo de Castilla la Vieja.

Siempre he sostenido que, si Belmonte había sido el padre del toreo moderno, el primer torero moderno era Manolete y como prueba argumentaba que las fotos del Califa cordobés toreando podían perfectamente pasar como actuales. Bueno, pues, con el mismo criterio he de decir que esas verónicas de La Serna, que ya quisieran firmar la mayoría de los toreros de ahora, son de cuatro años antes que Manolete debutara con caballos. Así que, ¿quién fue el primer torero moderno?

Después de las dos orejas de Madrid, a Victoriano le llega el triunfo del día de San Miguel en Sevilla. Ahí lo ve torear el Papa Negro y lo apodera. Y con tan sólo siete novilladas picadas, le plantea tomar la alternativa en Madrid en el mes de octubre. Debo confesar que aquí hay algo que no me cuadra. Que a un taurino de la categoría y experiencia del padre de los Bienvenidas le entren esas prisas por doctorar a un muchacho sin el mínimo bagaje y exponerlo a la cátedra de Madrid, no me cabe en la cabeza, por mucho que hubiera que aprovechar la expectación creada tras su asombroso debut. Lo cierto es que el día de su alternativa –Félix Rodríguez, de padrino, Pepe Bienvenida, de testigo, y toros de la viuda de Aleas– La Serna defraudó las expectativas y hasta llegó a oír dos avisos en su segundo, un sobrero de don Pacomio Marín, con “guasa” y sentido para traer de cabeza a un torero avezado, cuanto más a un novato sin oficio como él. El “petardo” fue gordo, con el agravante de que la plana mayor de la crítica, que no lo había visto el día de su debut por estar desperdigada por las ferias, se encontró con un torero que en nada recordaba al que habían oído ensalzar hasta la hipérbole. Ante su poco propicio lote, los juicios sobre su labor fueron mesurados, aunque lo que quedó rebullendo en el magín de cada crítico tuvo fiel reflejo en la pregunta que Corinto y Oro trasladaba al nuevo matador al final de su crónica: “¿a qué fía su porvenir Victoriano de la Serna, al doctorado con la espada o al doctorado con el bisturí? La respuesta la dará el interesado conforme a un sincero examen de conciencia.”

Y la dio. Después de un invierno acribillado por las dudas, rumiando su porvenir en la soledad del campo salmantino, donde hasta sufrió un percance al herirlo en una rodilla una vaca de Cobaleda, le llega la hora del desquite. Madrid, 8 de mayo de 1932. La corrida anunciada de Juan Manuel Puente, rechazada por chica, ha sido sustituida por otra de Villamarta. Con Victoriano hacen el paseo, Cagancho y Jesús Solórzano. El lleno es total, porque ese “tirón” taquillero lo ha llevado La Serna desde el primer momento prendido de su acusada y desconcertante personalidad. Tanto es así, que, hasta su presente, resulta difícil encontrar un diestro, incluyendo al Espartero, a Juan Belmonte y al mismo Domingo Ortega, que haya despertado tanta expectación y curiosidad.


Ese día, Victoriano muestra al público la doble superficie de su moneda torera. En su primero, sale la cruz. No se confía. Y decepciona de nuevo. Hasta el punto de que muchos se preguntan si aquellas verónicas que le vieron en su debut novilleril fueron reales o las produjo alguna suerte de espejismo. Lo cierto es que, por más que buscan, no encuentran en lo que están viendo el más ligero atisbo de aquel torero que puso la plaza boca abajo. Pero sale el sexto. Y es como si con el toro penetrara en el ruedo la musa inspiradora que enamora al torero haciéndose sentir como un sacudimiento que le agita la mente y los latidos, como un murmullo que irrumpe en huracán incontenible. No hay riendas ni medidas. Sólo un torero inmóvil, con los pies enterrados en la arena, compás ligeramente abierto, que le da el pecho al toro y se lo deja llegar sin embarcarlo hasta que los pitones casi le alcanzan los tobillos. Los brazos penden indolentes y las muñecas, como ausentes, le marcan suavemente la salida que el astado toma sin que, incomprensiblemente, no se lleve al hombre por delante. Torna a embestir el toro, y Victoriano no le gana pasos, solo gira el cuerpo para quedar de frente y vuelve a barrer la arena con la bamba sonámbula de su capote mago. Así hasta cuatro veces, que es cuando el toro, tan sorprendido tal vez como la plaza, da en salirse suelto. Hay gritos, hay murmullos, hay asombros que estallan en desgarrados oles. Hay gentes que se abrazan. Otros tiran sombreros. Y de telón de fondo arrecia el estruendo de las palmas. De nuevo lo ha vuelto a hacer. Que no era sueño, que era realidad. Pero la magia no acaba en ese tercio, ni siquiera en los quites, que vuelven a provocar un clamor delirante. Victoriano no sólo posee un arte singularísimo para el capote, también esparce el indefinible aroma de su personalidad en la muleta para que el alboroto se mantenga y siga ese jubileo incomparable que sólo alcanza a verse en las plazas de toros y cuando se hacen presentes los milagros. Le piden la oreja. No se la dan. ¿Acaso importa algo? Es una muchedumbre la que se lanza al ruedo para alzarlo sobre la encrespada ola del delirio y sacarlo en hombros de la plaza. La pregunta de Corinto y Oro ha encontrado la debida respuesta

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