El Pueblo soberano otorga a Palomo el último rabo concedido en Las Ventas.

Artículo de Santi Ortiz

Tal día como hoy, hace justamente medio siglo, ocurría la efeméride. Sebastián Palomo Linares, seis años de alternativa, vestido de blanco, bordado en plata como en él era habitual, alzaba en triunfo sobre el ruedo de Las Ventas el último rabo cortado en esta plaza. Para remontarnos al anterior tendríamos que retroceder hasta el 10 de mayo de 1936, cuando Domingo Ortega paseó el que cortaría a su segundo murube, en tarde que lo acartelaba con Valencia II y Curro Caro.

Palomo, cuya carrera de matador de toros hasta aquel momento podía tacharse de irregular, marcaba en ella nítidamente dos etapas: una primera en la que iba excesivamente cuidado y toreando ganado demasiado escogido en todos los aspectos, y la que le siguió: otra con un giro importante en su andadura para ejercer su profesión con plena seriedad. De esta última, destacan la corrida de Miura de la Feria de Abril de 1970, cuando abrió la Puerta del Príncipe junto a Limeño y El Hencho, y la hazaña de matar trece toros en Madrid (Vista Alegre), el 19 de junio de 1971, como respuesta a la empresa de Las Ventas por no contratarlo para la feria de San Isidro de aquel año. Palomo cortó ese día 12 orejas y 4 rabos y salió dos veces a hombros: una en la sesión de tarde (seis toros) y otra en la de la noche (seis toros más el que regaló).

En el que nos situamos –1972–, Sebastián ya había cortado otro rabo en la plaza México, a un astado de Garfias, toreando con Manolo Martínez; había iniciado campaña española en la Magdalena de Castellón, cortando una oreja a un flojo toro de Antonio Pérez; pasó por Fallas sin convencer, con un pésimo lote; cortó oreja a un toro de Benítez Cubero en la primera de sus dos corridas de la Feria de Sevilla y no pasó de obtener una tímida petición de oreja en el burel que cerraba feria, en la corrida de Miura, que asimismo toreó dicho año junto a Ostos y Manolo Cortés.

Fuera del ruedo también le ocurrieron cosas dignas de mención; por ejemplo que, a finales de febrero, los periodistas de “La Tertulia” le impusieran en el hotel Wellington, de Madrid, la “F” de oro, de Famoso. Y en el lado negativo, el accidente de automóvil que sufrió, junto con el también matador de toros Juan José, entre Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, al derrapar el coche a causa de la lluvia y salirse de la carretera dando varias vueltas de campana. Milagrosamente, los dos toreros salieron ilesos y pudieron continuar en otro vehículo su viaje a Linares.

Las aguas de la temporada tampoco discurrían calmas. A las anunciadas retiradas de Manuel Benítez, El Cordobés, Santiago Martín, El Viti, y Antonio Ordóñez, acogidas por la afición y las empresas con el desencanto que todos pueden suponer, se unía el problema de la tributación fiscal, que enfrentaba a los profesionales del toreo con la Administración, en lo que la prensa dio en llamar “la guerra de los impuestos”; un contencioso que se agravó en 1972 al punto de que la Agrupación Nacional de Matadores de toros, Novilleros y Rejoneadores, adscrita al Sindicato Nacional del Espectáculo, en un acuerdo adoptado por absoluta unanimidad, decidía ir a la huelga a partir del 30 de abril. Bueno, es preciso advertir que no eran esos los términos utilizados en este caso, ya que la “huelga” estaba tipificada entonces como “delito de sedición” en el Código Penal vigente, teniendo que recurrir la torería al eufemismo de “cese de sus actividades profesionales”, lo que para el problema práctico que planteaba venía a ser lo mismo. Gravísimo para la inminente feria de Jerez, que parecía suspendida, y preocupante amenaza para la de San Isidro, cuyo comienzo se anunciaba para el 11 de mayo. Menos mal que pudo llegarse a un principio de acuerdo in extremis y la “actividad profesional” de los toreros no tuvo que cesar en ningún momento.

La cartelería del San Isidro’72 –18 festejos– anunciaba dos más que el año anterior, sin que las combinaciones fueran del total agrado de aficionados y periodistas. Si un titular puede resumir el pensamiento más común entre éstos sería el de: “Ni están todos los que son, ni son todos los que están.” En cuanto a la contratación máxima, a tres tardes fueron los cinco toreros que cito por orden de antigüedad: Bienvenida, Camino, Andrés Vázquez, Palomo y Curro Rivera. Y respecto a los que se echaban en falta, aparte del ya mencionado trío de retirados –Ordóñez, El Viti y El Cordobés–, fueron notorias las ausencias de Diego Puerta, Miguel Márquez, Paquirri, José Luis Parada y Dámaso González, que habían figurado en la feria anterior.

Palomo Linares, como ya hemos apuntado, fue contratado para tres corridas: la del 18 de mayo, donde confirmaría alternativa a José María Manzanares, con Eloy Cavazos de testigo; la del 22 de mayo, con toros de Atanasio Fernández, y Andrés Vázquez y Curro Rivera como compañeros de terna, y la de dos fechas más tarde, con astados de Juan Mari Pérez Tabernero, actuando junto a Antonio Bienvenida y José Luis Galloso.

La feria no pudo comenzar peor para el diestro de Linares. Y no sólo por lo ocurrido en el ruedo, ya que unos días antes de este primer paseíllo, recibe el comunicado de la Delegación Provincial de Hacienda de Valencia, donde se le informa que dicho organismo ha dictado un exhorto de embargo contra él por un importe superior a los 14 millones de pesetas, al parecer por el impago de los impuestos de las temporadas de 1966 y 67. Todo un “agradable regalito”.

No mejoraría nada la situación tras su primera corrida, que algún corresponsal denominó “la corrida de las equivocaciones”, todas, por supuesto, achacadas al torero, como el apuntarse a una corrida de Garzón, que hacía varias temporadas venía evidenciando su mansedumbre; no utilizar su técnica y recurso para lidiar los toros, en vez de intentar torearlos de entrada; estar a merced del capricho del público; hacer en su segundo una faena de rabieta, cosa que iría bien en los pueblos, pero no en Madrid; incluso se metieron con su atuendo –negro y plata–, que era más propio de un banderillero que del oro que debía lucir como matador; o hacer visible su disgusto por el injusto trato que le deparó parte del público. Todo iba en su contra, incluso el aire de altanera indiferencia con que abandonó la plaza, sin reparar en que Palomo siempre fue un torero de casta que no permitía se hiriera su orgullo. Gran bronca y división de opiniones fue el cómputo de su actuación, en una tarde en la que sólo el confirmante escapó de la quema, al cortarle la única oreja del festejo a un sobrero de Montalvo, ya que la corrida de Garzón sólo pareció apta para hacer filetes.

A medida que se iba acercando la tarde del rabo, el clima isidril se veía dominado por un público aborrascado por el aburrimiento, intolerante y falto de comprensión con los deseos de entrega de los diestros y arbitrariamente gritón y desconsiderado cada vez que le venía en gana; esto es: como ese público de Madrid que tanto se prodiga en la actualidad las tardes que viene con los cuernos de punta. Dos días antes de la efeméride, la violencia latente en ese volcán en que a veces se convierte Las Ventas a punto estuvo de entrar en una erupción catastrófica. Cansado del aspecto anovillado y el poco juego de los toros del duque de Pinohermoso, después de haber atormentado la tarde con el tronar de su ira; después de haber adornado de improperios al presidente, al ganadero, al mayoral, a los toreros y a la vaca madre de cada toro, al grito de ¡Vámonos! ¡Vámonos!, buena parte del público abandonó el recinto a la muerte del quinto toro. El ambiente no podía estar más enrarecido. Menos mal que, al día siguiente, el valor de Julián García se abrió paso entre las broncas a sus compañeros y se llevó una oreja de cada uno de sus toros.

Y llegó la duodécima de feria, la tarde apoteósica. Blanco y oro, Vázquez; blanco y plata, Palomo; celeste y oro, Rivera. Negro tormenta el cielo. Día de lluvia que sólo paró durante la corrida. Tarde de milagros y, entre ellos, el de ver la plaza por una vez liberada del tiránico dogal de puristas de salón y reventadores de malas tripas, aspirando a pulmón lleno la alegría y la emoción del toreo. Tal vez fuera por haber cogido la tarde desde el primer momento la vereda del éxito y no dejara, por ello, que se vinieran arriba los borrachos de sombra negra, siempre dispuestos a secuestrar la plaza y a cargarse la Fiesta sirviendo consciente o inconscientemente a intereses particulares y difícilmente confesables, pero así ocurrió. Y eso se llevaron en la retina del alma los espectadores, y los toreros –en particular, Sebastián Palomo Linares–, y los laureles de la historia mágica del toreo.

No creo oportuno mirarse en un espejo de medio siglo atrás para describir lo que pasó entonces estando pertrechados de la experiencia que hemos ido después adquiriendo con el tiempo. ¿Digo que bastaron tres molinetes iniciados como trincheras para ahormar a “Clavijero”, segundo de la suelta, y ponerlo en disposición de que Sebastián le cortara las dos orejas? ¿Digo que las verónicas al negro meano y bragado “Cigarrón” fueron el excelente preludio de la faena que vendría después, brindada al público, pero excluyendo ostensiblemente del brindis a los reventadores de la andanada del 8?, ¿qué después de haber encendido la mecha del entusiasmo con los redondos ligados de rodillas y rematados por alto y con el pase de pecho, se levantó para crear una obra de arte maciza en fondo y forma donde quedó demostrada que la pureza no está reñida con la modernidad cuando las guía una inspiración auténtica y gloriosa? Ahí quedan como más palpitante testimonio algunas imágenes de aquella tarde. A la hora de escribir, mejor a mi entender es imaginar cómo los oles desgarrados de Madrid remontaban los tiempos y se iban a buscar a los que provocara Manolete con el toro “Ratón” en la corrida de la Prensa de 1944, o llegando más lejos aún, cruzaran los espacios para abrazarse con aquellos que generara Juan Belmonte con el toro “Barbero” en la célebre corrida del Montepío de 1917. Lo grandioso busca lo grandioso. Y la faena de Palomo a “Cigarrón” lo fue. Por eso, cuando después de citar infructuosamente dos veces a recibir, se arrancó a volapié, lo hizo con una rectitud y una verdad que le costaron el desgarrón en la taleguilla y la voltereta y que la plaza se nevara de pañuelos. Y así siguiera después de concedidas la primera oreja, y la segunda. Y el presidente, don Antonio Pangua, no tuvo más remedio que sacar por tercera vez su pañuelo, no para hacer su gusto, sino para obedecer la demanda del pueblo soberano. Sí, el pueblo soberano, el que inventó el toreo a pie, el que puso los toreros y los heridos y los muertos y el arte y la sangre derramada y que por todo eso ha tenido y sigue teniendo el derecho a que se respeten su sentir y la expresión de sus emociones. A ver si se enteran de una vez los presidentes de entonces y de ahora, que 

mal asesorados, siguen pensando que son ellos los que tienen la batuta del bien y del mal y los que pueden dictar sus perversiones en contra del pueblo en virtud de una pretendida pureza y un conocimiento del que no los ha examinado nadie. ¡Haced como el señor Pangua, dando curso a lo que la soberanía del pueblo otorga! ¿Quieren el rabo para Palomo?… ¡Pues ahí está mi pañuelo! Y Palomo Linares, soberbio, genial, orgullo de torero de raza, alzó el apéndice caudal de “Cigarrón” consciente de que acababa de marcar un hito en su historia, en la de Madrid y en la de la fiesta de los toros, en una jornada triunfal donde Curro Rivera unió a las cuatro y rabo de Palomo, las cuatro que él cortara y la que se llevó en el esportón Andrés Vázquez.

Una vez más, el pueblo soberano había hecho valer su voluntad. Sin embargo, el veneno de preceptistas y reventadores comenzó a inocular su pócima maligna a todo cuanto estaba a su alcance. Al día siguiente, la plaza lució salpicada de crespones negros y de letreros alusivos a la dimisión del presidente. Y ganaron, como casi siempre ganan los que van contra el pueblo amparándose en su condición de salvadores. Y el señor Pangua fue destituido, simplemente por respetar la decisión popular. Como decía el semanario El Ruedo refiriéndose a él: “Sus decisiones podrán ser discutidas en todo menos en una cosa: en que el presidente actuó de acuerdo con lo solicitado por la inmensa mayoría de la plaza.” Precisamente, por eso, le quitaron el puesto. Y precisamente, por no obedecer la voluntad del pueblo, hoy Roca Rey tiene una Puerta del Príncipe menos y El Juli se quedó sin una nueva Puerta de Madrid.

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