Joaquín y El Cid: toros, fútbol y un adiós en la Fundación Cajasol

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Los Mano a Mano de la Fundación Cajasol llegaron a su edición número 56 con un nuevo cartel de ‘no hay billetes’

El matador de toros Manuel Jesús ‘El Cid’ y el futbolista bético Joaquín Sánchez protagonizaron anoche una nueva edición de los Mano a Mano de la Fundación Cajasol, en concreto la número 56 de estos encuentros culturales que se celebran en Sevilla desde 2007.

Esta nueva cita se había convocado como homenaje al veterano diestro de Salteras, que este año ha dicho adiós a la profesión a la que ha dedicado los mejores años de su vida. Las emocionantes despedidas del torero sevillano en las plazas de Sevilla y Madrid han servido de recuerdo de sus tardes más gloriosas en ambos escenarios, claves en su eclosión en la primera fila del toreo.

Pero la cita tenía un aliciente especial en el contrapunto prestado por la explosiva y atractiva personalidad de Joaquín, otro veterano –en este caso del balón- que siempre ha confesado que su primera vocación había sido la de torero. La oposición materna fue más fuerte y tuvo que cambiar las zapatillas de lazos por las botas de tacos que le han dado su lugar en el mundo.

El poder de convocatoria de estos encuentros volvió a certificarse en la larga cola que aguardaba en la calle Chicarreros antes del comienzo del acto, que volvió a dejar pequeño el salón de actos de la Fundación Cajasol con cartel de ‘no hay billetes’ en las ‘taquillas’. José Enrique Moreno, moderador habitual en estos encuentros, recalcó la orientación de este ‘Mano a Mano’: “Se trata de que hablemos de toros, de fútbol y rindamos homenaje a un torero como El Cid”.

“Es un privilegio estar aquí con mi amigo, con mi hermano Manuel”, señaló Joaquín, repetidor en estos encuentros. Moreno desveló una curiosa anécdota del último compromiso profesional de El Cid en la plaza de Zaragoza. Al terminar la corrida, montado en la furgoneta, le preguntó a su banderillero Curro Robles: “Curro, ¿y ahora qué hacemos?”. Por lo pronto aún le quedan algunos contratos americanos hasta el mes de enero y después, señaló el propio matador, seguirá vinculado al toro, entrenando para actuar en festivales.

“Manuel ha sido una figura del toreo, su carrera así lo contempla”, señaló Joaquín. “Nadie es maestro por una sola tarde y él ha estado entre los mejores muchos años y eso es muy complicado”, sentenció el futbolista. “A veces te cuesta trabajo admitir que eres figura del toreo, pero quiero hablar de Joaquín, una persona extraordinaria que ayuda a la gente más de lo que se pueda pensar; se presta a todo tipo de causas; por eso es grande y lo quiere todo el mundo”. El carraspeo de Joaquín despertó las primeras sonrisas que, ya en serio, sentenció que “las personas son grandes por lo que hacen”. La relación entre ambos artistas trasciende a sus propias familias y, tal y como advirtió Moreno, hay varios nexos comunes entre sus trayectorias.

Comienzos

“No es fácil llegar, es muy trabajoso”, señaló Joaquín aludiendo a sus siete hermanos. “Todos quisieron ser futbolistas y sólo he llegado yo”, prosiguió el jugador bético recordando que, más allá de las cualidades innatas “hay que sumar trabajo y humildad, eso es lo que tienes que aportar tú”. El futbolista evocó sus años de forja y hasta ese tren diario para poder entrenar en Sevilla.

Era el turno de El Cid. El moderador recordó a El Cid, subido en un tractor en las tierras familiares antes de que comenzara a sonar su nombre como novillero. “No había más remedio que ayudar a la familia. Todavía me subo al tractor por gusto, no hay que despegarse de las raíces”, explicó el torero poniendo sobre la mesa otra cualidad para sobresalir: la vocación. “Hay que poner lo mejor de ti mismo sin buscar excusas de terceros. Cuando tú te propones algo de verdad lo consigues”, precisó el torero recordando algunos momentos de zozobra. “Debuté en Salteras en el 94 y me fui a Madrid; estuve viviendo allí solo seis años. Intenté acoplarme lo mejor posible a la vida de Madrid después de estar metido en un cortijo. Yo quería ser torero y tenía que hacer ese esfuerzo. Afortunadamente soy una persona con suerte pero la suerte también hay que buscarla. La encontré y la aproveché”.

Joaquín también estuvo a punto de tirar la toalla. “Me convocó la selección andaluza y al levantarme le dije a mi padre que no quería jugar más al fútbol; antes de acostarme de nuevo me cogió mi padre y me dio un cate aquí en el cogote… Jugué y le dije a mi padre que quería seguir intentándolo. Aquello me cambió la vida”, añadió el futbolista que también narró su progresiva vocación bética. “Siempre me he sentido muy ligado a esta ciudad y a estos colores. El vínculo con el Betis me ha marcado toda la vida, me caló por dentro. Si volviera a nacer volvería a hacer lo mismo. Se lo debo todo al Betis, que me ha dado todo. El amor por el Betis ha podido condicionar mi carrera, pero era lo que sentía”, narró Joaquín, que renunció a algunas oportunidades profesionales que le habrían alejado de la ciudad de la Giralda. “Cuando vino el Chelsea a por mi, yo no lo sentía. Sentía que quería jugar con el Betis. Al final la vida es como es. Me siento un privilegiado”, afirmó el jugador de Real Betis.

El balón volvió rebotar en el córner de El Cid. “Tienes que estar a gusto donde estés y como estés; el dinero no lo es todo”, precisó Manuel volviendo a incidir en esa idea, la de la vocación como motor de los artistas. El matador recordó su simbiosis profesional con Manuel Tornay y Santi Ellauri, sus apoderados más fieles. “Yo pude cambiar de apoderados pero estaba a gusto; eran y son mis amigos, salían las cosas y no sentía ninguna necesidad de cambiar”, explicó el matador. “Yo he ganado lo que tenía que ganar y he toreado lo que tenía que torear; he sido feliz”, prosiguió el diestro de Salteras.

Torear un festival

La conversación entró en terrenos más relajados. El Cid se vio como apoderado de Joaquín. Moreno, por su parte, tentó al futbolista con la idea de vestirse de corto para torear un festival en la plaza de la Maestranza. “Qué cosa más bonita… ¿por qué no?”, respondió Joaquín sin titubear y declarando que, más que el toro o la plaza, “me da mucho respeto lo que puedan pensar dentro del toro”, argumentó el jugador confesando definitivamente que sentía “mucho miedo” entre las risas de los presentes. “Es muy buen torero”, aseguró El Cid desvelando que habían toreado algunas becerras juntos. “Es que en su interior, antes que futbolista, tiene vocación de torero” reveló el torero destacando una cualidad: “torea muy despacio”.

“Yo lo he sentido desde muy pequeño”, apuntó Joaquín recordando sus travesuras infantiles, entrando a matar a los sofás de su casa con el alambre de los pinchitos y toreando con la toalla o un paño de cocina. Llegó a apuntarse a la escuela taurina de El Puerto y, para contrarrestar, la familia le apuntó al fútbol. “Pero soy futbolista de profesión y torero de corazón”, apostilló antes de que un vídeo proyectado en la sala sirviera de homenaje y reconocimiento a la trayectoria de El Cid, que, visiblemente emocionado, recogió una fuerte ovación de la sala puesta en pie.

“Yo he aprendido muchas cosas de los toreros; son diferentes a todo, y los valores que tiene esta gente se los daría a muchos. Son gente honrada, profesional y amigos de sus amigos”, apreció Joaquín. “Esos valores de respeto, admiración, compañerismo… así es esta gente, aunque luego en la plaza peguen bocados. Lo he podido comprobar con Manuel y muchos toreros”, concluyó el futbolista antes de que El Cid remachara el encuentro con una verdad irrebatible: “Joaquín es sincero, es como es y por eso le quiere todo el mundo”.

A pregunta de José Enrique, Joaquín mencionó futbolistas que para él tienen arte: “He conocido a muchos durante todos estos años. Siempre he admirado a Figo, a Zidane, a Messi… Y, fíjate, un futbolista de pellizco, diferente, es Busquets. Lo difícil es hacerlo fácil y estos futbolistas lo hacen”.

Aún quedaba la sorpresa final: torero y futbolista se cambiaron los papeles. El del balón tomó el capote, ensayó algunos lances al aire y el de coleta tocó la bola. Un remate peculiar para un mano a mano de gran altura.

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