Lo quieran o no, lo es.

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Cuando en 1610, Galileo, enfocando con su telescopio, descubrió los cuatro satélites de Júpiter –hoy se le reconocen dieciséis– se produjo un gran revuelo en torno al hallazgo. Los cuatro satélites descubiertos eran los primeros objetos vistos en el cielo que giraban alrededor de otro cuerpo que no fuera la Tierra, lo que provocó una aguda polémica ya que significaba una dura refutación del geocentrismo de Ptolomeo –único sistema aceptado entonces por la Iglesia–, según el cual, la Tierra permanecía inmóvil en el centro del universo, mientras que todos los demás astros giraban en torno suyo.

La reacción de los cardenales, sacerdotes y sabios al servicio de la Iglesia, fue de disgusto e incredulidad. De hecho, muchos de ellos se negaron a mirar por el telescopio galileano, arguyendo que todo lo que no podía verse a simple vista obedecía a que Dios no quería que se viera y, por lo tanto, para ellos no contaba. Otros sostenían que los descubrimientos de Galileo sólo eran una ilusión óptica provocada por las lentes del aparato. En definitiva, cualquier argumento les parecía bueno con tal de no aceptar un hecho que venía a expulsarlos de una creencia admitida como verdad irrefutable desde hacía muchos siglos.

Lo mismo le pasó, ente otros, a Miguel Servet, con su descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre, o a Charles Darwin, con su teoría de la evolución. Chocaron contra los dogmas establecidos y fueron combatidos, vilipendiados, escarnecidos y tratados como herejes. También de herejía fue acusado Galileo en el célebre proceso a que lo sometió la Inquisición. Su delito: divulgar la idea copernicana de que la Tierra se movía por el espacio, cosa no aceptada por la Iglesia. Para colmo, Galileo agravó su “delito” al sostener que una Tierra en movimiento no entraba en conflicto con las escrituras, ya que, en aquel tiempo, sólo a los teólogos del Vaticano se les concedía el poder de interpretar la Biblia. El final del proceso es harto conocido: Galileo se retractó de sus ideas, aunque –según cuenta la leyenda– terminó mascullando en voz muy queda: “¡Eppur si muove!” (¡Y sin embargo, se mueve!)

Han pasado casi cuatro siglos de este último suceso. Sin embargo, los dogmas siguen hoy poniendo murallas, vallas y cerrojos al libre desenvolvimiento de lo que consideran inadmisible. El pasado jueves, día 12, la Comisión de Cultura y Deporte del Senado rechazaba una moción del Partido Popular por la que se pedía al Gobierno reconocer a la Tauromaquia como “seña de identidad propia de España”. Se añadía además que valorara su “contribución a la creación y mantenimiento de empleo, a frenar el despoblamiento rural y a la conservación de la biodiversidad”.

Empeño inútil. Los políticos de la progresía, como aquellos teólogos que cuestionaban a Galileo, se niegan a mirar por el anteojo de la realidad. ¡Cómo si dependiera de su opinión que la Tauromaquia sea o no seña de identidad propia de España! Sería como ponerse a discutir si la torre Eiffel es o no un símbolo de Francia, la Gran Muralla, una manifestación emblemática de China o la pasta lo más típico y representativo de la cocina italiana. La Tauromaquia está ahí, lo mismo que los satélites de Júpiter, por más que la estupidez de los dogmáticos se niegue a verla.

El diccionario lo deja muy claro: señas de identidad son el conjunto de rasgos que caracterizan a alguien o a algo y los distinguen de los demás. ¿Y hay algo más característico y distintivo de España que los toros? No lo busquen porque no lo van a encontrar, por mucho que trataran de escamotearlo eligiendo al Naranjito como mascota del mundial de fútbol de 1982 o a ese engendro de perro cubista para las Olimpiadas de Barcelona: el Cobi, cuya homofonía se nos llena ahora de mal agüero trasladándonos al virus que hoy siembra la muerte y el temor en todo el mundo. En ninguno de los dos casos, habrían tenido que quebrarse tanto la cabeza los organizadores si hubieran elegido al toro de lidia como mascota más representativa de nuestro país; mascota que, en el primer evento, venía además como anillo al dedo a la futbolística furia española de nuestra selección.

Es cierto que las tradiciones casan mal con la fugacidad en la que se ha instalado nuestra sociedad, donde las formas gregarias cuentan con una esperanza de vida tan breve que ya ni pueden servirnos de marcos de referencia. Tampoco la cultura tal y como la hemos conocido desde que nuestros ancestros llenaran de arte las cuevas de Altamira encuentra acomodo en esta acelerada serie inacabable de cambios. Tanto es así que cabe preguntarse si la cultura podrá sobrevivir a este ocaso de durabilidad. Sin embargo, el toreo, que es tradición y es cultura, sigue resistiendo en estos tiempos adversos y lejos de caer en la momificación de los souvenirs turísticos consigue mantener el equilibrio entre su esencia ritual inmutable y la evolución que afina y optimiza tanto la selección del toro como las formas artísticas de que se nutre.

El espectáculo taurino es tan singular, tan único, tan nuestro y está tan ligado a nuestra historia, nuestra cultura y a la imagen arquetípica de España allende nuestras fronteras, que resulta puro ejercicio de onanismo mental ponerse a especular si es o no es seña de identidad propia de este país. Sin duda alguna, lo es. Lo quieran o no, señores senadores, lo es. Y de las más simbólicas. Que el Senado en pleno –salvo PP y Vox– niegue esta evidencia es de lamentar. También por sus miembros, pues no creo que puedan sentirse orgullosos de haber encontrado otra fórmula para hacer el ridículo.


Tampoco es discutible que: 1º) el asentamiento de la ganadería brava contribuye a frenar el abandono del mundo rural; 2º) que tanto en el campo como en las ciudades, la tauromaquia fomenta y genera miles de empleos estables, y 3º) que desde el punto de vista genético y ecológico la existencia de la dehesa –paradigmático ecosistema donde la res de lidia convive en armónico equilibrio con la flora y la fauna autóctonas– y del toro de lidia –raza de singular y extraordinario valor genético de la fauna bovina– enriquecen y conservan la biodiversidad. 

Pero la progresía senatorial rechazó una vez más lo indiscutible y se dedicó a salirse por la tangente con descalificaciones políticas –como hizo el PSOE–, o recurriendo a los ya trillados tópicos de que en el siglo XXI la tauromaquia no puede ser cultura –porque lo dice ERC– y a puerilidades etimológicas, traídas de la mano de Adelante Andalucía.

En cualquier caso, lo más que han podido lograr con esta negativa es impedir el reconocimiento oficial del Gobierno de la nación, porque más allá de la petición formulada por el PP y por encima de que a los miembros del Senado les gusten o no los toros o de que estén a favor o en contra de las corridas, es tan evidente que la Tauromaquia es una seña de identidad de nuestra querida y vieja Piel de Toro, que sólo un necio o un fanático osaría ponerlo en duda. No obstante, así son las cosas. De nuevo, el obstruccionismo político antitaurino nos gana una batalla. Sólo nos queda seguir luchando, apretar una vez más los dientes y, parafraseando a Galileo, decir para nuestros adentros: “Y sin embargo, se mueve”.

Artículo de opinión de Santi Ortiz

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