«Mano a mano por la Hispanidad»: La mansa corrida de Jandilla se carga el festejo del año en la Tierra de los Califas

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Asoman el pañuelo blanco los ensordecedores aplausos para recibir a los dos espadas que ocupan buena parte de la actualidad taurina: comienza la corrida del año. A sones de «Gallito», desfilan despacio, siempre despacio, los que hoy se acartelan en un reñido mano a mano en el Coso de los Califas, destocado Juan Ortega en su debut como matador de toros en dicha plaza, tras irrumpir el potentemente ovacionado Himno Nacional al principio del paseíllo, y el Toque de Oración en memoria de las víctimas mortales de la pandemia al término del anterior. Saludan ambos diestros antes de la salida del primer toro.
Morante de la Puebla: caña y azabache, con sus habituales pañuelos en honor a Joselito el Gallo.
 
Juan Ortega: marfil y azabache
 
Se dirige decidido el maestro de la Puebla hacia el primero de la tarde recordando vagamente a una de las más típicas estampas del Faraón de Camas, haciendo a su vez homenaje al Rey de los Toreros lanceando por bajo, sacando las manos y con rodilla genuflexa, pese a la descoordinada y mansa actitud de su oponente, negro mulato, chico, con alta conformación de pitones, estrecho de puntas y astifino, el cual no cesa de escarbar, incluso después de tomar su correspondiente contundente par de puyazos. Mide en banderillas, haciendo prolongarse este tercio más de lo debido, también el número de capotazos.
Reina un silencio sepulcral en el deslucido inicio de faena de Morante, enganchando la franela el tremendamente desclasado animal, sin tranco y medio recorrido, que lleva por bandera la embestida a cabezazos. Se ayuda al natural, mas no hay manera. Seminarista no presenta ninguna virtud aparentemente. Sin embargo, consigue templarlo por el pitón derecho, dejando un buen sabor de boca en esta breve faena del cigarrero, concluida por sensacionales  y personales estatuarios, a quien se le va la espada en un feo bajonazo perpendicular, rematado por unos cuantos golpes ineficaces de verduguillo. Pitos en el arrastre del marrajo. Silencio.
Incrementa el nivel de presentación el segundo, Programador, negro mulato, listón, serio, largo, más ancho de costillares, enmorrillado, que sale suelto con desigual galope, e imposibilita el lucimiento de capa de Juan Ortega. Recibe una señalada vara el cornúpeta aquerenciado a tablas sin excesiva pelea, negándose a recibir la segunda, esmerándose el trianero el colocarlo en la jurisdicción del piquero con rebosante torería en varias ocasiones. La magia florece en el quite de Morante, enjugándole al ralentí la cara al toro con ese lacio capotito, y una media que genera la envidia de todo aquel que la ha contemplado a través de una pantalla, y no pisando la Tierra de los Califas. Replicando a la perfección el torero de la Calle San Jacinto -por el mismo palo-, se abre paso entre la atención del respetable, que no da crédito de lo que ven sus ojos. Reunidos en una peseta y en su sitio caen los rehiletes. Brindis a Morante.
Fiel a su pura tauromaquia, asiendo el estaquillador por el centro con las yemas de los dedos, y citando de frente, dando el pecho, nos deleita con el temple en su mano izquierda, enseñándole a acometer al jandilla a sones de «La Concha Flamenca». Ronronea Córdoba en la segunda serie al natural a media altura, sin poder hilvanar cada muletazo pero saciando con creces el paladar más exigente del buen aficionado. Va sacando el cuello con armonía y recorrido la res en la pañosa del trianero, aunque pecando de discontinuo. Sencillamente sublime. La única pena, la estocada baja que hace esfumarse cualquier posibilidad de corte de apéndices. Saluda desde el tercio la ovación.
    Sietegatos se lee en la tablilla de toriles, negro mulato, serio, largo y ancho de palas, el cual mete discretamente los riñones en el peto tomando administrados puyazos, y huyendo con notable mansedumbre, tras no facilitar un digno saludo capotero a manos del director de lidia, desvirtuado por el defecto anteriormente mencionado. Destacan los peones en la colocación de los palitroques, además de con prolongados capotazos. Brindis a la diputada Cayetana Álvarez de Toledo, nada menos que con la montera de Joselito el Gallo. Palabras mayores.
Se desentiende el astado frente a la muleta de Morante. Tiene humillación pero no termina de romper la transmisión, aun considerando importante la entrega del diestro de la Puebla, en su comienzo al natural, agarrando el engaño como Dios manda: por el centro del estaquillador. Consigue un interesante retazo por derechazos, dominio y solvencia torera. No tiene suerte con los aceros. Saluda la ovación.
Al no poderse estirar a la verónica el torero de la otra orilla del Guadalquivir, frente a la que presume la Real Maestranza, castiga el del castoreño al negro, largo, bajo, fino, hecho ligeramente cuesta arriba, enmorrillado y cerrado de pitones casi cornidelanteros, quedando desiguales los garapullos en el lomo del de Vegahermosa. Brindis al público.
El desclasado cuarto se opone rotundamente a acometer con cualidades a la pañosa de Juan Ortega, el cual se esmera en robarle algún que otro muletazo en condiciones. No transmite ni al más novato turista. Abrevia por el bien de nuestra capacidad de atención. Pincha en suerte natural. Estocada entera, algo trasera y tendida.
Otro manso Jandilla que no permite el lucimiento en el recibo capotero del de caña y azabache sale de chiqueros, el cual responde al nombre de Sarao, negro mulato, de escasas hechuras y parejo de encornadura a sus hermanos. A cuatro dedos del morrillo -tal y como mandan los cánones del mismísimo Cossío-, deja caer la pica en ambas acometidas al equino el ovacionado varilarguero. Quita con pureza por bajas chicuelinas, girando sobre sí mismo al más clásico estilo. De nuevo un fastuoso tercio de avivadores.
Se inventa la faena como le manda su alma torera. El absoluto dominador se llama José Antonio Morante Camacho. El noble y enclasado astado se adapta al engaño que su lidiador le presenta, el cual está pintando al «tun tun» con gran diversidad cromática sobre un inmaculado lienzo a su entera disposición, sin orden ni estructura. ¿Y qué más da? Morante está inspirado, y qué mejor escenario que el albero cordobés, observado desde los palcos por los cinco califas del toreo en blanco y negro, y de seguro gritando su más profundo «ole» a la obra que se forja ante sus ojos, aportando música el gallardo pasodoble «Suspiros de España». Improvisa por manoletinas auténticas, las de verdad: que no le engañen como me engañaron a mí; las manoletinas citando de perfil y rápidamente girando sobre su eje de frente no vienen a llamarse montecinas ni nada por el estilo, no son sino las reales que ejecutaba el Monstruo que dio nombre a las mismas, estudiadas al detalle por el clásico y puro maestro Morante. Tomen nota los «figuritas» que hayan de tomarla. Concluye ahora por un excelso y nutrido ramillete de ayudados por alto, metiendo la barbilla en el pecho y toreando con todo su cuerpo. Una lástima el pinchazo hondo, y la posterior media estocada, que se limitan a otorgarle una vuelta al ruedo.
    Silencio, callemos por un momento, que Juan Ortega duerme al toreo. Saluda extraordinariamente en algunas despaciosas verónicas de su recibo capotero al sexto del mano a mano, castaño albardado, a cuya madre llamaron Osoria, y el cual posee la mejor presencia de la corrida. Alto de cruz, rematado, grueso de grupas, enmorrillado y estrecho de puntas, un señor toro, recibe un sencillo castigo en varas. Quita por lustrosos delantales el matador de marfil y azabache. Mide y espera en la colocación de los pares.
Y una vez más ponemos en práctica lo que frecuentemente suele ocurrir: el ejemplar más bonito del embarque, el de peor juego. En la muleta es descaradamente malo. No tiene absolutamente nada. No hay por dónde cogerlo, ni por un pitón ni por otro. Juan, con buen criterio a mi escaso entender, se ve obligado a acudir a por el estoque. Pinchazo hondo en suerte natural, doliéndose el marrajo y huyendo escopeteado. Estocada entera en suerte contraria.
La corrida en general no ha tenido una presentación óptima para una plaza de primera, excepto el sexto. Mansa en su totalidad, de capa oscura menos el último castaño, y de escaso juego. A destacar el quinto, con el cual Morante se pudo lucir casi en plenitud, y hubiera obtenido gran recompensa de no ser por la tizona.
El sobresaliente Miguel Ángel Sánchez, de obispo y oro, no pudo intervenir en ningún momento del festejo.
 
Morante de la Puebla:  silencio, ovación y vuelta al ruedo.
 
-Juan Ortega: ovación, silencio y silencio.
 
ENTRADA«No hay billetes» del aforo permitido (2960 espectadores)
 
Imágenes: capturas realizadas del resumen de la corrida, retransmitida por Movistar Toros.
 
Crónica de Romero Salas

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