Por fin sonó el clarín

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En los aires hay luz de una adelantada primavera. De blanco y oro, la plaza. O de cal y sol, como prefieran. Se cumple el dicho. Los últimos serán los primeros. Esto es: las dos corridas que se quedaron colgadas el pasado año para completar la llamada Gira de Reconstrucción, han abierto éste la temporada taurina. De nuevo, ha sonado el clarín. El pasodoble inunda de torería el ambiente del coso. Se abre el portón y el primer paseíllo del año da comienzo. Dos matadores nuevos encabezan el cortejo. Pablo Aguado y Rafa Serna. Sevilla hace doblete en la capital del cuero. La serranía de Cádiz les da la bienvenida. Brillan las lentejuelas de los trajes de luces sobre el raso tabaco de Aguado y el marfileño de Serna. Del vientre del chiquero, sale “Oficial”, número 123, negro mulato, algo silleto, acapachado de cuerna y con el acreditado hierro de Jandilla estrellándole el anca. Después de tanto tiempo, en medio de tanta anomalía, por fin, en una plaza, vuelven a encontrarse un torero y un toro. Me parece mentira, pero es una verdad incontrovertible. El viejo rito recomienza de nuevo. El “decíamos ayer”, de fray Luis, vuelve a tomar sentido en esta tarde azul.

Al día siguiente, en la misma plaza, aunque con menos gente en los tendidos, se celebra la segunda corrida. La veteranía de Diego Urdiales y la emergencia de David de Miranda hacen el paseíllo. De tabaco y oro el de Arnedo; corinto y azabache, el de Trigueros. Encerrados, cuatro toros de variado pelaje de Núñez del Cuvillo. La flor de la ilusión se abre de nuevo ávida de bravura, de arte y valentía. Cuando las mulillas den la vuelta triunfal a “Feriante” y De Miranda pasee la oreja conseguida con él, se habrá acabado todo y la Fiesta echará de nuevo sus persianas hasta una nueva cita con la emoción del ruedo.

En el capítulo ganadero, ganó sobradamente el pial de Jandilla; una buena corrida, donde únicamente el toro segundo, con su falta de clase, su embestir rebrincado en ocasiones y ese incómodo “hacer hilo” de mitad de la faena en adelante, puso un pequeño lunar al triunfo ganadero. El mejor con diferencia para el torero fue el tercero, al que le dieron la vuelta al ruedo por su nobleza y clase en la muleta, aunque en el caballo no se empleó. También tuvo calidad el cuarto, protestado de salida por su evidente flojera, que corrigió Rafa Serna en la muleta con un temple exquisito. La de Cuvillo, en cambio, sólo tuvo “un toro y medio”: el cuarto, que tuvo calidad en su embestida y evidenció su poder en varas derribando e hiriendo al caballo, y el pitón izquierdo del segundo. El que abrió plaza, huido, brusquito y problemático, y el tercero, que sacó genio y brusquedades, compusieron el lote, totalmente a contraestilo, de Urdiales.

En cuanto a los espadas, y comenzando por la primera corrida, me van a perdonar si lo tienen a bien, por desmarcarme de los titulares de las crónicas que he leído, todos coincidentes en resaltar el triunfo de Aguado, relegando el de Serna a un segundo término, cuando para mí fue el autor de la mejor faena de la tarde; faena, eso sí, emborronada con el acero, baldón que sirve para privarle de las orejas que tenía cortadas, pero no para ocultar lo que el torero hizo. Me explico. La faena de Rafa Serna tuvo dos aspectos meritísimos; uno, técnico, porque logró que un toro al que pidieron la devolución por flojo, a partir de los inicios de faena no volviera a perder las manos y terminara con un viaje mucho más largo que al principio. Lo primero, lo consiguió Serna con un temple extraordinario, que empapaba a la res en el engaño sin dejárselo tocar ni una sola vez; lo segundo, lo logró a base de tirar del toro, llevándolo y mandándolo hasta el final del muletazo, cosa que, unida al temple, hizo que el toro tuviera un recorrido cada vez mayor. El segundo aspecto es estético, sobre todo en las distintas tandas de naturales que consiguió. La armonía, la belleza, florecieron en ese sosegado fluir de la tela llevando al toro toreado en series ligadas que remató con otra, sutilísima, con la mano derecha sin ayuda del estoque. Para mí fue, sin discusión, la faena de la tarde. Y eso que por mi parte no había predisposición alguna a favor del torero; pues debo reconocer que las veces que anteriormente había visto al diestro sevillano no me dejaron nada especial, ya que a lo más que llegó fue a estar voluntarioso y vulgar. Pero, señores, el del cuarto toro de Ubrique fue otro torero; un torero que si es capaz de seguir repitiendo faenas como la narrada puede tener un sitio importante en el toreo. Ni más ni menos.

Pablo Aguado también triunfó en el tercero, al que cortó las dos orejas; así que en el marcador de trofeos se impuso sin discusión; pero obviando la aritmética, me quedo con la faena de Rafa Serna. Verán por qué. Yo con Aguado tengo un problema. No con él, claro está, sino con su forma de concebir el toreo. Si se fijan –y me gustaría que lo hicieran de aquí en adelante–, en el noventa por ciento de los casos, Aguado acompaña a los toros. No los torea, los acompaña. Y torear y acompañar son dos cosas muy distintas. Torear es enganchar al toro, llevarlo por donde el torero quiere, mandando en su embestida hasta el remate imponiéndose a él. Acompañar es dejar que el toro vaya por donde estima oportuno sin que el torero se imponga para nada a fin de hacer prevalecer su voluntad. Para triunfar así, Aguado necesita un toro que se avenga a ir y venir sin complicaciones. Si por el contrario, le sale un astado como el primero de Ubrique, que fue un buen toro, mas con el defecto de venirse algo por dentro por el pitón derecho, el acompañar no basta; es preciso ahormar la embestida, corregir defectos; esto es: torear. Por eso, en ese primero no estuvo bien. El tercero, sin embargo, fue un toro dócil, noble y con calidad que permitió al torero mostrar sus innegables virtudes; por ejemplo: la búsqueda de la naturalidad –aspecto muy destacado de su toreo–, la sobriedad y el temple. La primera tanda de naturales en ese toro fue sencillamente extraordinaria y el kikirikí de remate una delicia; sin embargo, las que vinieron luego no llegaron ni con mucho a sus cotas. Naturalidad, siempre; pero no hubo en la mayoría de los pases, toreo; sino sólo un aprovechar con apostura la franca embestida de “Jaramago”, que así se llamaba el toro. Frenen, pues, sus incondicionales los ditirambos, que Pablo Aguado es aún un torero en agraz al que se quiere colocar en lo más alto sin darle tiempo siquiera a que cuaje en lo que sea capaz. Que tiene unas formas diferentes al resto, es indudable; que apunta cosas muy estimables, seguro. Pero también tiene sus defectos, alguno tan condicionante como el aquí apuntado. Déjenlo madurar por sus pasos contados, que con tanta hipérbole y tanta desmesura puede acabar equivocándose y dando al traste con las expectativas.

De la segunda tarde, resaltar que con dos toros a contraestilo, Diego Urdiales exhibió como virtud capital la firmeza. Pudo con las brusquedades del sardo que abrió plaza y defendió decidido su terreno ante el genio del colorado tercero, tanto con la mano zurda, a pesar de que el astado se quedaba corto y hacía hilo, como con la diestra, donde la aspereza del toro le exigió esa firmeza y seguridad que él exhibió con largueza. No pudo sentirse toreando a gusto, porque no había mimbres para ello, pero dejó la imagen de un torero con la ilusión y la afición intactas a desprecio de los muchos años que lleva en el oficio.

David de Miranda sigue instalado en el territorio de la quietud. Sus zapatillas no tienen apetencia de moverse y sus taleguillas no se inmutan cuando la muerte les pasa ceñida o los pitones acarician su bordado. Sin embargo, sí he apreciado ciertos progresos en sus modos toreros. Su capote es más lidiador –aunque lo siga cogiendo demasiado abierto–, como lo demostró en el recibo a sus dos toros: el primero sobre las piernas; el segundo, llevándolo porque se quedaba corto. También ha ganado en suavidad, como en el quite a pies juntos al castaño de su lote, y sigue conservando su hierática valentía, como cuando se dejó venir de largo con el capote a la espalda al negro que cerró corrida para instrumentarle tres saltilleras impávidas, pese a que el burel se había quedado sin picar. Con la muleta, sigue toreando mejor con la mano zurda que con la diestra. En su primero, eso era normal porque el pitón bueno del toro fue el izquierdo y por ahí lo aprovechó David, tirando del toro y llevándolo largo, para ligarlo sin apenas enmienda. Logró naturales excelentes, igual que hizo en su segundo, sobre todo de mitad de la faena en adelante, donde templó, mandó y ligó sin enmienda y con sereno aguante, para abrochar las series con pases de pecho sentidos y profundos. Fue éste el mejor toro con diferencia de la corrida y el torero estuvo a la altura; aunque sus derechazos salgan cortos, sin alargar en lo debido la embestida del astado; mas, por otro lado, han ganado en temple y suavidad. En este último toro, me faltó el arrimón final: los adornos de cierre, que en él se dan muy bien y sirven muchas veces para garantizar la segunda oreja; aunque en este caso las tenía ganadas de sobra. Con la espada, y pese a la forma poco estética que tiene de perfilarse, pegó dos estoconazos de una contundencia brutal; el de su segundo astado, después de un pinchazo. Tuvo la mala fortuna de que el puntillero le levantara ambos toros y ahí sonaron los avisos –uno en cada burel– y la reducción del premio, aunque paseó una oreja en cada astado. A mi juicio, su actuación fue muy positiva y sigue haciéndose acreedor a figurar por derecho propio en carteles de las ferias. A ver cuándo la nefasta pandemia lo permite.

En cualquier caso, lo mejor de todo es que en Ubrique por fin sonaron de nuevo los clarines. La temporada 2021 echó a andar. Todos debemos estar de enhorabuena. El rito centenario de la Tauromaquia da a luz un nuevo ciclo. Que sea propicio para quienes hacen posible este milagro. Y toda la suerte del mundo para ellos.

¡Salud, aficionados, volvemos a estar vivos!

Artículo de opinión de Santi Ortiz

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