Toreros de ayer: Emilio Silvera González (Parte III).

El 2 de agosto de 1.986 fue un día importante por cuanto José María Manzanares padre le invistió, en presencia de Paco Ojeda, como matador de toros al ceder “Arrumbado”, negro, de 541 kg. Y marcado con el número 11 de la ganadería de Gabriel Rojas. El de la ceremonia salió suelto y distraído, por lo que el toricantano no pudo lucirse con el capote. Tras entregarle José María Manzanares los trastos entre las ovaciones de ánimos de los espectadores, el onubense inició su quehacer con unos estatuarios con los pies juntos entre los olés para seguir, con series cortas, con ambas manos superando la distracción y falta de fijeza de su oponente. Parecía que iba a haber trofeos, pero la espada no le funcionó y necesitó de tres pinchazos, estocada y un descabello. La ovación fue tan grande que se vio obligado a recorrer el anillo. Con el que cerró plaza, que presentó algunas dificultades, el nuevo matador expuso para conseguir algunos muletazos de calidad con la derecha. En esta ocasión, tras necesitar de un pinchazo y una estocada, obtuvo su primera oreja en la categoría como justo premio a toda su entrega durante esta trascendental tarde. Otra fortísima ovación acompañó al onubense cuando paseó el trofeo conquistado.

Un año más tarde, el 1 de agosto de 1.987, actuó junto a José María Manzanares y Joselito con toros de Hijos de Celestino Cuadri. Emilio Silvera toreaba su primera corrida de la temporada, pero esta circunstancia no se le notó en el ruedo, donde sus ganas superaron las dificultades que encontró en su primero, muy flojo, y al que el onubense apenas pudo sacarle partido para pasar a un trasteo de valor que satisfizo a los espectadores que, durante toda la tarde, estuvieron con el paisano. Perdió la oreja al fallar con la espada, pero en el otro sí pudo conquistar el trofeo después de un hermoso trasteo con la mano derecha, demostrando su concepción del toreo. Los tendidos supieron reaccionar tras una tarde de mucha abulia y se entregaron al quehacer del torero de la tierra. Sin embargo, Emilio Silvera no completó la faena por cuanto apenas usó la muleta con la mano izquierda y, a la hora de matar, dejó la espada algo trasera que hizo que el animal tardara en caer, por lo que la petición de la segunda oreja perdió cierta fortaleza, pero, con el trofeo obtenido, el torero se llevó el cariño, la admiración y el reconocimiento de todos sus paisanos que salieron satisfechos con su actuación y con el deseo de verle en más ocasiones.

Repitió el 12 de octubre actuando con Curro Romero y Fernando Cepeda con toros de Herederos de Bernardino Píriz y uno de Gabriel Rojas. Cierto fue que a Emilio Silvera le correspondió el mejor lote del encierro, pero también es verdad que fue el que puso más empeño por triunfar. Muy lucido en un quite por verónicas antes de tomar la muleta donde ejecutó, dadas las condiciones de su oponente, series cortas con ambas manos en un trasteo que fue a menos para acabar de una estocada y ganar la primera oreja. Se lució el onubense al recibir con el capote al sustituto de Gabriel Rojas para continuar con una excelente faena con la muleta, en la que destacaron las series del toreo al natural hasta que el animal se acabó. Había gustado tanto al público que, pese a un pinchazo y una estocada, fue premiado con otra merecida oreja, trofeo que le permitía salir como triunfador por la puerta grande entre el entusiasmo de sus admiradores que estuvieron animándole durante toda la tarde. Un nuevo triunfo del torero onubense, que pedía más oportunidades de lucir su toreo.

El 27 de febrero de 1.988 intervino en un festival benéfico junto a Ángel y Rafael Peralta, Ruiz Miguel, José María Manzanares, José Antonio Campuzano, Pepe Luis Vázquez y El Onubense lidiando un novillo de Juan Pedro Domecq. Lo mejor de la tarde corrió a cargo de Emilio Silvera que, jaleado por sus paisanos, recibió con una larga cambiada a su oponente para seguir con verónicas. El choquero, rodillas en tierras, inició su quehacer muleteril, en el que destacaron tres series de derechazos muy templados seguidas de una de naturales entre el clamor de los tendidos, por lo que al matar de estocada volcándose, se le concedieron los máximos trofeos que, entre las aclamaciones del público, paseó con mucha alegría.

Artículo de opinión de Vicente Parra Roldán.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here