El Espartero en seis Hitos (III)

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Por Santi Ortiz.

LA ALTERNATIVA

Quiero hacer hincapié en la asombrosa brevedad del tránsito que lleva a un muchacho como Espartero desde el anonimato a una alternativa de campanillas. Del 12 de julio de 1885, donde comienza a sonar de veras su nombre, al 13 de septiembre del mismo año, donde Antonio Carmona, El Gordito, lo inviste en Sevilla y por todo lo alto, matador de toros, sólo han transcurrido 63 días. Nada. Un suspiro. Un visto y no visto. Y más en una época donde el camino habitual del aspirante a la gloria era hacerse banderillero, aprender como tal el oficio, con el tiempo matar algunas reses que le cedieran sus maestros, para, después de varias temporadas, si mostraba aptitudes, pasarse ya al escalafón de matadores.

No obstante, sea la época que sea, es difícil toparse con un caso semejante. Lo más parecido que he encontrado entre mis datos, es el de Victoriano de la Serna, que debutó en Madrid el 27 de agosto de 1931 –aunque ya había toreado antes con caballos– y se doctoró en la misma plaza el 23 de octubre del mismo año. Presididas también por la fugacidad, tenemos la andadura de Domingo Ortega, que toreó de sobresaliente, como un perfecto desconocido, el 6 de septiembre de 1930 en Aranjuez y se doctoró en Barcelona el 8 de marzo del año siguiente. Total, seis meses y dos días. O Manuel Granero, que hizo su primer paseíllo con picadores el 4 de abril de 1920 y recibió la borla de doctor en tauromaquia el 28 de septiembre del mismo año, o el caso de José Luis Parada, que debutó con caballos el 9 de febrero de 1969 y tomó la alternativa en El Puerto de Santa María –31 de agosto–, casi siete meses más tarde. Porque ya toreros precoces de esta época, como El Juli o Roca Rey, consumieron 18 y 15 meses, respectivamente, en la categoría de novilleros con caballos, antes de recibir el abrazo alternativero.

Es lógico que en los tiempos de Espartero se hicieran lenguas muchos críticos y aficionados sobre lo precipitado de su alternativa. Sin embargo, no debemos olvidar que, de los tres caminos básicos para hacerse torero –valor, arte y dominio–, el más rápido es el del valor. El valor arrolla, el arte espera y el dominio necesita de un tiempo para desarrollarse; el valor impone su presencia a pesar de las condiciones de los toros; el arte necesita de ciertas cualidades bovinas para expresar su sentimiento y el dominio requiere un conocimiento avanzado del comportamiento toruno. Claro que, no hay lidiador de fuste que no posea algo de estas tres cualidades, aunque las reparta en distinto grado. El peculiar sentido que cada cual tenga del toreo hará que una de ellas predomine sobre las otras con nitidez suficiente como para que al torero se le ponga sello de artista, de dominador o de valiente, según su cualidad más acusada.

No cabe duda de que El Espartero pertenecía a esta última vertiente, la de los que llevaban el valor por enseña, la de los que siempre se denominaron toreros “de bragueta”.  De ahí que, lo que en otros hubiera supuesto un mayor tiempo de preparación, en el mocito de la Alfalfa se viera como algo posible con tan escaso aprendizaje, dadas sus excepcionales condiciones de serenidad y aplomo para resolver los problemas de los astados sin que le importara la edad o el trapío de los toros, pues ni el tamaño ni las complicaciones empequeñecían su ánimo. De todas formas, como no sólo el valor cuenta, sino que también se precisa de un mínimo de conocimientos, la premura con que Espartero fue llevado a la alternativa, supuso un hándicap que tuvo que superar ejerciendo la profesión; esto es, como le ocurriera a Victoriano de la Serna, El Espartero tuvo que aprender a ser torero toreando toros de cinco años y treinta arrobas.

La que no cabía en sí de gozo era Sevilla cuando vio engrudados por las esquinas los carteles que anunciaban la alternativa de su hijo más querido, venerado y admirado. Y que se hicieran cruces los supersticiosos, porque el 13 de septiembre fue el domingo elegido para el acontecimiento.  El cartel no podía ser más sevillano: toros traídos de las feraces marismas del Guadalquivir, descendientes de los renombrados bureles de Vistahermosa y Lesaca, luciendo en la llana el pial de la señora viuda del marqués de Saltillo. Y para lidiarlos y darles muerte, dos toreros nacidos a la sombra de la Giralda: Antonio Carmona, El Gordito, y Manuel García, El Espartero. La veteranía cediendo los trastos a la bisoñez; San Bernardo dando la alternativa a la Alfalfa. El toreo de ayer abriéndole la puerta al de mañana. Frente a los 47 años de Carmona, los 20 de Espartero. La diferencia en la experiencia torera es total; tanto que, cuando nació Manuel, ya llevaba El Gordito tres años de matador de toros.

El ambiente es el de las grandes solemnidades, incluida la picaresca, porque a las ocho de la mañana del día de la corrida no quedaba ni una localidad en las taquillas y, sin embargo, la reventa estaba cargada de ellas. Menos mal que la Autoridad tomó cartas en el asunto e hizo que a los revendedores les saliera el tiro por la culata. En cualquier caso, media hora antes del paseíllo, la plaza lucía llena a reventar. Y cuando asomaron por el portón de cuadrillas, bordados en oro, el raso verde de El Gordito y el grana de El Espartero, la ovación y el júbilo fueron clamorosos. Sevilla comenzaba a tener un nuevo matador de toros.

Al reclamo de los clarines, abrió plaza “Carbonero”, entrepelado en cárdeno, bragado, bien puesto de pitones, de hermosa estampa y marcado con el número 49. El toro se arrancó voluntario a los caballos y tomó cinco puyazos de los de tanda sin causar estropicio alguno en la cuadra. Espartero interviene en cuatro de los cinco quites y es muy aplaudido. Carmona, que parece delegar en el toricantano, sólo interviene en uno. Los banderilleros del Gordito, Villarillo y Zayas, ceden palitroques a los de Espartero, Lolo y Malaver, dándoles la alternativa como banderilleros de toros. Téngase en cuenta este acto para lo que vendrá más adelante.

Cumplido el segundo tercio, llega el momento de la investidura. Estoque y muleta en mano, Antonio Carmona se acerca al neófito, que escucha su discurso con una sonrisa de satisfacción, mientras las palmas se desbocan. Con el permiso del señor presidente, Espartero se va al toro y, desde muy cerca, da siete pases naturales, dos con la derecha, uno por alto y cinco de pecho –naturalmente, no agrupados tal cual ni en este orden, pero así hacían el cómputo los revisteros de entonces–, dejándose caer con media a volapié que no basta. Continúa con naturales, derechazos y uno de pecho, bueno, para un pinchazo superior entrando y saliendo bien. Ya aculado el toro en tablas y en la suerte contraria, receta una estocada caída que lo tira sin puntilla. Palmas.

El clímax de la corrida se produce en los toros cuarto y quinto. En aquel, “Señorito” de nombre y negro de sotana, El Espartero alcanza notas de apoteosis. Ya en los quites estuvo a una altura inmensa, oyendo palmas y música, pero es con la muleta cuando el entusiasmo desborda cualquier contención. Al decir de Cár-ca-mo, en La Nueva Lidia, la faena se compone de “dos pases naturales de pitón a rabo, cuatro de pecho muy buenos, y tres redondos superiores; muy en corto y por derecho, se dejó caer con un soberbio volapié hasta la empuñadura que hizo morder la arena a “Señorito””. Es entonces cuando La Maestranza se vuelve loca: ovación indescriptible, música, sombreros, cigarros y 15.000 pañuelos flameando al viento, seguramente más como saludo que como petición de oreja, que entonces no se estilaba y que tardaría todavía treinta años en concederse en Sevilla por primera vez. Emotivo fue el abrazo que su padrino de ceremonia le dio en medio del ruedo. Luego, declararía: “El Espartero es un torero que echa to er carbón a la máquina.”

El Gordo, que había estado desconfiado en sus dos toros anteriores –no dejando más recuerdo que a la salida del cuarto, cuando, estando sentado en el estribo, el toro hizo por él y sin levantarse le dio un recorte a medio capote, que fue muy aplaudido– pareció inspirarse con la faena de su ahijado y en el quinto, “Almendrito”, el mejor de la tarde, reverdeció laureles, luciéndose en quites, poniendo a petición del respetable uno de aquellos pares al quiebro que tanta fama le dieran y realizando una faena de muleta que volvió a sacar al aire los pañuelos del entusiasmo.

Al término de la corrida, El Espartero fue sacado en hombros de su cofradía de seguidores; contentos porque su torero había demostrado ante los toros que tenía madera de figura: tanto con el percal, con sus quites a punta de capote, a medio capote o con el capote al brazo, como con la muleta, donde volvió a asombrar por el terreno que pisa, por su forma de parar los pies, por su toreo de cintura para arriba y por su frescura y serenidad en las suertes. Y al herir, siempre en corto y por derecho y con aquel volapié a su segundo toro, que, al decir de la crítica, fue de época.

Toda Sevilla mostraba su contento con el resultado de la fiesta y por ver los recién colgados carteles que anunciaban para el domingo siguiente de nuevo a El Espartero, junto al veterano espada cordobés, Manuel Fuentes, Bocanegra, y el coriano Diego Prieto, Cuatrodedos, quienes darían cuenta de un encierro de Pérez de la Concha. Bueno, toda Sevilla no, porque junto a la flor del triunfo suele crecer la cizaña de la envidia y de ella no iba a librarse alguien, como el Espartero, que había ascendido meteóricamente del subsuelo del anonimato a las más altas cumbres de la fama en su tierra. Sólo así se explica lo sucedido a las nueve de la noche del día siguiente a su alternativa, cuando cuatro sujetos que venían montados en una berlina, detuvieron ésta ante la casa del torero en la Alfalfa y empezaron a cantar coplas ofensivas, para terminar dirigiendo insultos al diestro a voz en grito. Esta deplorable actuación motivó que algunos vecinos, amigos del torero, la emprendieran a pedrada limpia con los “cantaores”, hasta que los agentes de la autoridad intervinieron y se llevaron presos a los provocadores.

Tampoco los aficionados sevillanos pudieron disfrutar de la corrida anunciada para el 20 de septiembre. Por desgracia, El Espartero resultó herido el día anterior en Zalamea la Real, en el transcurso de su segunda actuación como matador de toros. Este festejo de Zalamea dio lugar a un malentendido que, convertido en polémica por algunos aficionados, y aprovechado a su interés por el empresario de la plaza sevillana, se trocó en error transmitido de libro en libro hasta alcanzar obras de la importancia del Cossío. El caso es que hubo quien sostuvo que El Espartero había toreado en Zalamea una novillada y, por tanto, cuestionaba si la alternativa tomada en Sevilla era válida o no. En primer lugar, hay que decir que en Zalamea, Espartero se anunció en solitario para matar cuatro toros de la ganadería de don Juan González Nandín, el primero de los cuales –“Gallardo”, de nombre, castaño ojinegro– hirió al torero en el muslo derecho al entrarle a matar, impidiéndole continuar la lidia y torear al día siguiente en Sevilla, cosa que le hizo saber por telegrama a su amigo Antonio Miura, para que éste lo comunicara al empresario Bartolomé Muñoz, quien, viendo mal parado su negocio, no descansó hasta lograr de la autoridad gubernativa el correspondiente permiso para suspender la anunciada corrida.

¿De dónde puede venir el susodicho malentendido? Como Manuel actuaba en solitario, uno de sus banderilleros, Manuel León, El Lolo, figuraba, según costumbre de la época, como sobresaliente, y se encargó de matar dos de los toros restantes, estoqueando el último otro de sus banderilleros, José Malaver. Como ambos banderilleros, solían actuar de vez en cuando como novilleros –ya hemos hablado de la forma habitual que tenían entonces de formarse los toreros–, puede ser que de ahí provenga el malentendido, creyendo que Espartero alternaba con ellos, cuando no fue así, por estar anunciado en solitario. No obstante, Bartolo, el agudo empresario de Sevilla, haciéndose eco de la supuesta polémica para aprovecharla en beneficio propio, mandó imprimir para la segunda corrida de Espartero en La Maestranza –11 de octubre, con toros de Miura–, la siguiente advertencia: “Habiéndose ofrecido dudas a varios aficionados, sobre si el simpático y arrojado diestro, Manuel García, el Espartero, había tomado o no la alternativa la tarde del domingo 13 del anterior, cumple a la Empresa de esta plaza, manifestar que efectivamente el aplaudido joven, le fue dada aquella, por el renombrado y célebre matador de toros, Antonio Carmona, El Gordito, el que con mucho gusto se prestó a ello, llevándose al efecto todas las formalidades de costumbre para casos análogos: mas para que se queden convencidos aquellos, en un todo, volverá a darle la alternativa Antonio Carmona.” No obstante, tanto El Gordito como El Espartero se tomaron la advertencia como lo que era: un reclamo publicitario y no hubo ceremonia de alternativa ni alteración del orden de actuación ni cesión de trastos ni tampoco cesión de garapullos entre los banderilleros de uno y otro espada. Por lo tanto, en contra de lo que sostienen algunos historiadores, jamás hubo una segunda alternativa. El Espartero tomó la suya el 13 de septiembre de 1885 y no hay nada más que hablar.

Sí cabe decir que El Espartero realizó aquel año en La Maestranza cuatro paseíllos como matador de toros, por lo que estableció el récord –jamás igualado– de torear en dicho coso  12 festejos en tan sólo cuatro meses, que pudieron ser 16 de no haber perdido cuatro por percances. Y como cada vez que se anunciaba su nombre, el lleno estaba asegurado, decía el semanario El Toreo que posiblemente no cesaran las corridas en Sevilla ese año.

Volviendo a su segunda corrida maestrante –donde fue arrollado y lastimado por el miura que abría plaza, lo que no le impidió continuar su actuación–, señalemos que, mientras esto ocurría, en la tierra de la Señá Cibeles exhibían su reclamo los carteles anunciadores de la presentación –miércoles, 14 de octubre– de Manuel en Madrid. Antes de eso, ya habían empezado a tirar con bala desde la prensa madrileña. Pero tal cosa será materia del próximo capítulo.

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