Gracia y pintureria en una matinal benéfica

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Una de las jornadas más emotivas y brillantes de cuantas se vivieron en la añeja plaza de toros de Huelva fue la de la mañana del 17 de marzo de 1963 cuando tres toreros de la tierra, alejados de los ruedos desde muchos años antes, participaron en un festival a beneficio de unos compañeros, mayores de edad y que pasaban sus necesidades como fueron Simón Quintero “Toronito” y Enrique Izquierdo “Lapía”. Los actuantes fueron Manolo Roig “Niño de la Isla”, Joselito Romero y José Leandro “Pepe Pirfo”, quienes lidiaron reses enviadas por Celestino Cuadri, Gerardo Ortega y Diego Garrido.

El público asistente tuvo la satisfacción de presenciar un espectáculo lleno de torería y de sentimiento que los tres toreros pusieron de manifiesto durante todo el espectáculo, demostrando que el saber torear y los sentimientos no se pierden con el paso del tiempo y que el que es artista lo será siempre.

El de la Isla hizo vibrar al público con el capote demostrando su dominio. Después, con la muleta, cuajó unos pases extraordinarios seguidos de otros que llevaban la marca de su personalidad, culminando con una gran estocada que sirvió para que el público le concediera los máximos trofeos y el torero se emocionara rompiendo a llorar de alegría y satisfacción.

Por su parte Joselito Romero recordó sus buenos tiempos, toreando con la gracia que había dejado de manifiesto en su juventud. Estuvo variado con el capote, destacando en un quite por la espalda. Apoteosis en el quehacer muleteril amenizado por la música y por los olés de los tendidos para cerrar su labor con una estocada y un descabello, siendo galardonado con las dos orejas y el rabo.

 Pepe Pirfo, que al seguir actuando como banderillero estaba en más en forma, recordó su etapa novilleril y gustó en los lances de recibo así como, lógicamente, en el tercio de banderillas. Pero también hizo disfrutar a los tendidos cuando sacó a torear a su hijo Paco que se lució tanto con el capote como con la banderilla. El público disfrutó de ambas actuaciones y las premió con los máximos trofeos además de una pata.

Pero lo más importante estuvo en la gran torería que se vivió a lo largo de la mañana, con tres toreros curtidos de edad pero con una ilusión enorme por volver a disfrutar de su concepción taurina. Muchos espectadores rejuvenecieron en el tiempo recordando épocas pasadas y otros se felicitaron por haber tenido la oportunidad de haber visto torear a estos tres grandes maestros, a los que se les unió un imberbe chiquillo que, por entonces, soñaba con ser figura del toreo.

Artículo de Vicente Parra Roldán

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