Hoy no era el día.

No lo era. Los astros no se habían alineado. En el paseíllo se chafó el asunto. El desordenado desfile sin música ahogado en un ruidoso minuto de silencio, la desgana de Morante desde el capote en su primero, la pata «patrás», el «alcayateo» barato y la banda comprada de Roca Rey, la malograda rodilla y la plata sin ley de Pablo Aguado, la bondad excesiva de los victorianos que ni las Hermanitas de la Caridad -tan meritorias como totalmente respetables-… Todo ha desembocado en una fusión entre el hambre y las ganas de comer. Y qué mal cae en el estómago una decepción del tal talante ante una tarde de semejantes expectativas. Y qué falta nos hace otro apoteósico 10 de mayo de 2019 entre los arcos maestrantes…

La de hoy ha sido una tarde de destellos. De simples pinceladas. De quites medio lujosos que los esporádicos «oles» que lograban arrancar no tardaban en decirnos «hasta luego, Lucas». Cuatro cositas pero han faltado tanto toros, como toreros. Llegó el Morante esperado pero se fue su estoque. Su toreo de caviar rodilla en tierra y los molinetes y afarolados tan puramente joselistas picaron billete en la suprema suerte de matar. Y poco más tenemos de qué hablar. La ansiada reapertura de Sevilla, empapada por la infamia del ambiente. Hoy no era el día. Se habrán comido más pipas de la cuenta, pero todavía quedan ternas guapas para disfrutar del corte auténtico en el coso más torero del planeta.

Artículo de opinión de Romero Salas

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