La libertad de ir a los toros

Cuando aún están calientes los rescoldos de la pasada Feria de San Miguel, Madrid guarda aún la traca final de su Feria de Otoño. Huérfanos como estamos en estas fechas de Zaragoza apenas nos quedará Jaén en el horizonte con un cartel  de lujo que aúna los tres nombres que han revolucionado está temporada: Morante, Emilio de Justo y Juan Ortega, y que invitan a tomar carretera y manta hasta la capital del Santo Reino para acudir al coso de La Alameda.  

En medio de todo esto surge el ruido de los políticos, con bonos culturales para jóvenes que vetan a la tauromaquia, o las opiniones de una universidad que censura la libertad de que los padres puedan acudir con sus hijos menores a las plazas de toros o incluso plantean impedir el acceso de los menores a los espectáculos taurinos hasta los 16 años.  

La vida para algunos es prohibir aquello con lo que no comulgan, hacer bueno aquel dicho de que lo que no se conoce no existe, cómo podríamos extrapolarlo a otras disciplinas artísticas o deportivas a las que no se les da ni tan siquiera difusión en los medios de comunicación de titularidad pública.
Es compensible que la fiesta de los toros quizás sea un espectáculo crudo para una sociedad donde todo está muy manufacturado, pero no es menos cierto, que su catalogación cultural obliga no sólo a la defensa sino a su fomento. Por eso no hay mejor fomento y manera de tapar ciertas bocas que acudiendo con libertad y naturalidad a las plazas. O como nuestro capitan Joaquín, retratándose de corto y rodeado de trastos.
Sin ir más lejos mañana, en que en el Baratillo se presentarán sin caballos quienes tienen la ilusión en el futuro -pero también en el presente- de ser y vivir en torero. Algunos de ellos, por su edad y de prosperar las ideas de los censuradores no solo no podrían torear, sino que posiblemente tampoco podrían sentarse en los tendidos de la plaza aun acompañados de sus progenitores Pocas cosas hacen hoy día más libres a un español, frente a quien intentan imponer un discurso lleno de medias verdades que solo buscan prohibir lo que no les gusta o no entienden, que la  independencia personal que nos permite acudir con libertad a una plaza de toros.

Artículo de José Luis Trujillo del Real.

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