Retrato de Pedrés desde tres acontecimientos.

Artículo de Santi Ortiz

De los cuatro toreros de masas que irrumpen en la Fiesta doctorándose en los años 50 –Litri, Pedrés, Chicuelo II y Chamaco–, nuestro protagonista toma el testigo cedido por Litri, que lo investirá matador de toros el mismo día que él se retire, dejándole además el legado de algunas características que en ciertos aspectos los vuelven afines; por ejemplo: ambos se enriquecen rápidamente y rápidamente se retiran de los toros, aunque sólo sea temporalmente. Litri dice adiós, a los dos años justos de que Cagancho lo doctore en Valencia, para reaparecer en 1955, y Pedrés, alternativado el 12 de octubre de 1952, colgará los trastos en 1955, para volver a los ruedos en 1960. También une a ambos toreros un hecho insólito: fueron los únicos –Litri con Aparicio, y Pedrés con Jumillano– que transformaron en novilladas la tradicional Corrida de la Prensa madrileña. Este hito –desde entonces, que yo sepa la Corrida de la Prensa nunca ha sido protagonizada por novilleros– nos sirve para comenzar a plasmar el retrato del torero que el pasado 6 de septiembre, con 89 febreros, nos dejaba definitivamente.

1.- Madrid. Corrida de la Prensa de 1952

Aquel primer jueves de julio –día 3 en el almanaque– cualquier intento de buscar entradas era vano. Hasta la reventa clandestina había agotado el papel, pese a los abusivos precios que había impuesto. La Asociación de la Prensa –ojo de lince y olfato de sabueso– había acertado plenamente al prescindir de cualquiera de las figuras del toreo que entonces pululaban por el escalafón superior, porque ninguna poseía el tirón que gozaban en aquellos momentos los dos novilleros anunciados mano a mano. Los dos hacían ese día su tercer paseíllo en Las Ventas y los dos habían triunfado antes con rotundidad. El salmantino Emilio Ortuño, Jumillano, había salido a hombros las dos tardes anteriores, tras cortar dos orejas en cada una de ellas. Pedrés por su parte había conmocionado Madrid desde el día de su debut, asentado en las tres columnas capitales de sus virtudes taurinas: valor, temperamento y personalidad. Desde aquel 8 de junio anterior, que registrara la doble presentación de los dos toreros albaceteños que habían polarizado la afición de su tierra en dos banderías irreductibles: los “monteristas” y los “pedresistas”; esto es: los de Juan Montero, y los de Pedro Martínez, Pedrés; los del cochero, que había cambiado riendas y látigo por los trebejos de torear, y los del dependiente de una tienda de tejidos, que había dejado metro y tijeras, para tomarle medida a capotes y muletas. De lo que habían conseguido en la plaza, daba cuenta las decenas de trenes especiales y autocares que habían traído millares de aficionados a Madrid para ser testigo del doble debut. Ambos firmaron una buena tarde, pero mientras Montero dejaba a cero su marcador de trofeos, tres orejas figuraban en el de Pedrés, que pudieron ser cuatro de no caer atravesadilla la espada en su primero, al que hizo faena de doble premio. Ahí ya caló hondo en la afición madrileña, sorprendida por la quietud, el aplomo y los terrenos pisados por el neófito y también por los pases de su invención recogidos genéricamente bajo la denominación de “pedresinas”, aunque difirieran mucho unos de otros. La verticalidad relajada de Pedrés se metió en el subconsciente del público como credenciales de un torero fuera de lo normal. Su manera de codillear para torear con la derecha a media muleta a un toro al que había que engolosinar para que siguiera la tela, dejándoselo llegar a la barriga; su toreo de frente al natural mandando con un empaque de compás cerrado revestido de absoluto relajo, comenzaron a fraguar el “no hay billetes” en taquillas para su repetición. También impresionó su valor, sobre todo después de la fea voltereta que le pegó el sexto, que no le impidió reanudar su faena –premiada con las dos orejas– con la misma serenidad, temple y dominio que hasta entonces y en unos terrenos que hacían subir la angustia a los tendidos, mientras él permanecía impasible y como ajeno a todos los peligros.

Si la Asociación de la Prensa había cambiado la tradicional corrida de toros por una novillada, no hizo lo mismo con el ganado a lidiar, pues el encierro al que se enfrentaron Pedrés y Jumillano fue una auténtica corrida de toros con el hierro de don Manuel Sánchez Cobaleda. Asimismo, pese a que la plaza estaba abarrotada y no se encontraba una entrada ni por muerte repentina, un invitado indeseable se coló en ella de rondón: la lluvia torrencial, que motivó que muchos espectadores se perdieran la segunda faena de Pedrés, en la que con los mismos mimbres del día de su presentación, cortó una oreja antes de que la novillada se interrumpiera mientras escampaba y se echaba serrín en el ruedo para recomponerlo. Pero el delirio les esperaba en el quinto, “Pavito”, negro lucero y bragado, y bien armado de pitones. Todo un toro, que arrojó un peso de 292 kilos en canal, y llegó a la muleta soso y aplomado, aunque sin dificultades. Pedrés le formó un auténtico lío practicando un encimismo que recordaba a Arruza, aunque lo que en éste se mostraba como violenta fogosidad, en Pedrés lucía como un sosegado hieratismo. Se empeñó en hacerle faena –había brindado previamente al público– y se la hizo. Cuando el toro embestía, la cosa era sencilla; pero cuando no quería hacerlo, el albaceteño escondía la muleta tras su cuerpo y lo ponía de cebo citando con la cintura, apurando distancias y tiempo hasta el instante en que la cogida parecía inevitable. Entonces, sacaba la muleta, desviaba el viaje y lograba un pase no apto para cardiacos. La faena fue memorable y al rematar la misma con media en la yema que tiró a “Pavito” sin puntilla saltaron de sus goznes las puertas de la locura colectiva y al final de la misma –acompañado por Jumillano que también cortó las orejas del sexto– fue sacado en hombros y llevado sobre el oleaje del entusiasmo hasta el Hotel Palace, donde paraba el torero. Allí le esperaba un hombre que daría el espaldarazo definitivo a su carrera: José Flores, Camará.

2.- La Alternativa

Nueve días después de la Corrida de la Prensa, Camará y Pedrés firmaban ante notario el contrato de apoderamiento. El mentor cordobés seguía así en la línea donde desarrollaría su andadura. Después de haber sacado a Manolete, único poderdante al que cogió cuando no era nadie para elevarlo a las más altas cimas del toreo, Camará se dedicó a apoderar a los toreros que ya estaban en sazón de popularidad para ponerlos en dinero y categoría y llevarse él, de paso, sustanciosos dividendos. Por su parte, sin llevar dos años toreando con caballos, Pedrés, encadenando triunfos, había pasado del anonimato a alzarse a la cresta de la ola del toreo, sobre todo una vez en las manos del apoderado más poderoso de aquellos tiempos, noticia que causaría sensación en los mentidero taurinos. De ser prácticamente un desconocido, el antiguo dependiente de comercio pasaba a iluminar con fulgor de supernova el firmamento de la Fiesta.

Un día después de la firma del contrato –13 de septiembre– ya está el hombre de las gafas negras ocupando su puesto en el callejón de la plaza de Toledo, donde Pedrés arrolla cortando tres orejas y un rabo. De ahí comienza una concatenación de éxitos, que, a la oreja de Valladolid, sigue la apoteosis de La Coruña, donde corta tres orejas, rabo y pata; la oreja de su debut en Sevilla; las dos orejas y rabo de Córdoba; las cuatro orejas y rabo de Almería; el mismo resultado con el añadido de una pata, en Murcia, y las cuatro orejas y dos rabos de Albacete, donde, estando anunciado en las tres novilladas de feria, sólo toreó la primera debido a una repentina enfermedad. Reaparecería trece fechas después –23 de septiembre– en Fregenal de la Sierra, toreando tres novilladas más: la de Herrera del Pisuerga, donde inaugura la plaza de toros, la de Granada y la de su despedida de novillero el 5 de octubre en Hellín, donde suma un nuevo triunfo de dos orejas, rabo y pata. En total, 51 novilladas toreadas ese año, que le colocarían en el tercer puesto del escalafón novilleril detrás de Antoñete (60) y Juan Montero (58).

Hubo un rifirrafe entre Camará y la afición de Albacete a cuenta de la alternativa de Pedrés. Aquella demandaba que Pedrés la tomara en su tierra a la vez que Juan Montero, pero el apoderado del diestro era partidario de que la tomase en Valencia, el 12 de octubre, como así sucedió, conjugando dos sucesos sin que mediara ninguna injerencia externa; esto es: la despedida de Litri y el doctorado de Pedrés, mano a mano. Combinación que convertía la corrida en el acontecimiento del año. Entre tanto, Camará se azacana pateando cerrados en busca de ganado para la corrida, cuando en esas fechas todo lo bueno que había en el campo se ha vendido o lidiado. Su objetivo, encontrar toros que armonicen una doble finalidad: hacer cómodo el adiós de Litri y propiciar un triunfal advenimiento de Pedrés. Al final, adquirirá la corrida de don Manuel Sánchez Cobaleda, sobrante de la temporada de Barcelona, que le ofrece don Pedro Balañá, la cual convertirá los corrales de Valencia en un muestrario de divisas, pues a la postre, de Cobaleda sólo se lidiarán tres: primero, segundo y quinto; el tercero sería de Manolo González, el cuarto de Alipio Pérez Tabernero y el sexto de Soto de la Fuente.

El día del doctorado, el coso de la calle Xátiva, incapaz de dar cabida a tamaña demanda, luce abarrotado, con el cartelito de “No quedan localidades” colgado en taquillas desde dos días antes. Todos quieren ver el ingreso de Pedrés en el escalafón superior y la despedida de Litri, aunque –nadie dice adiós definitivamente a los veintidós años– muchos intuyan que ésta no será definitiva. A la hora del paseíllo, el ambientazo es indescriptible y de tumultuosa puede calificarse la ovación que acoge a los toreros cuando éstos abandonan el portón de cuadrillas e irrumpen en el ruedo. A la izquierda Litri, de verde manzana y oro; en el centro, algo más retrasado, el sobresaliente Pepe Catalán, y a la derecha, el gesto duro, sobrio, de ojos hundidos y determinación prendida en el rictus obcecado de su boca, de Pedrés, que luce un flamante terno rosa y oro.

Suenan los clarines y al ruedo salta “Gitanillo”, número 358, bien armado, de negro pelaje y armónicas hechuras, que ha sido el elegido para que Litri conceda a Pedrés la duodécima alternativa de las quince que se celebrarán ese año y primera de las por él apadrinadas. Nunca se distinguió Pedrés por su toreo de capa, por lo que en el primer tercio hay poco que contar. Cedidos los trastos, el diestro de Albacete cita con la muleta plegada en la izquierda para dar su célebre pedresina. Se le arranca el toro a cuatro patas y lo cambia pasándolo por la espalda para que el trueno del ole rasgue los aires de la plaza. Siguen los naturales y los redondos sin solución de continuidad. Vuelve a la mano izquierda y en la suerte contraria, tras un pinchazo, tira sin puntilla al toro de media en las agujas. Dos orejas. Pero lo más significativo, lo de mayor proyección, vino en el cuarto –el de Alipio–, un toro que saltó dos veces al callejón y que al término de los primeros tercios se había puesto difícil. Brindó Pedrés a sus paisanos y ahí sorprendió a muchos y encantó a otros al mostrar una faceta lidiadora casi inédita en él, que supo conjugar montera y corazón para exponerse, valiente, con un arrojo presidido por la inteligencia. Dejó a volapié media estocada que hizo rodar al toro sin puntilla y a sus manos fueron las orejas y el rabo del animal. La semilla de futuro que dejó esta faena fue lo mejor de su actuación y un elemento de reflexión para los buenos aficionados. En el sexto, que no podía con su alma y que brindó a Litri, nada pudo hacer aparte de mostrarse voluntarioso y fue despedido con palmas y sacado en hombros junto a Litri, que también había cortado cuatro orejas y un rabo. Felicidad en el adiós y felicidad en la bienvenida.

3.- Sevilla. 22 de abril de 1963

Cuando Manuel Casanova, director por entonces de la revista El Ruedo, vio por primera vez torear a Pedrés emitió una premonición que se cumpliría plenamente al avanzar su carrera de matador de toros. Decía el crítico refiriéndose al diestro de Albacete: “Mientras sea más “instintivo” que “maestro” llevará mucha gente a las plazas y despertará discusiones enconadas.” Dándole la vuelta a la frase, venía a decir que en cuanto adquiriese magisterio; esto es: aprendiera la técnica de torear, dejaría de interesar al gran público. Y efectivamente eso fue lo que pasó, como le ocurrió a Chamaco, a Litri y a todos los toreros que, como ellos, ascendieron a la fama antes de aprender a torear y tuvieron que ir adquiriendo el oficio ya como matadores de toros. Esta actitud del público significa que en estos toreros, y en Pedrés en particular, la gente no esperaba al lidiador; no pagaban por eso. Lidiadores había muchos y muchos buenos toreros, lo que buscaban en todos ellos y en Pedrés en particular era esa personalidad, ese poder de sugestión, ese misterio, que se escapaba de la normalidad y hacían de él un torero enigmático, imprevisible y trágico.

Es cierto que, cuando Pedrés colgó los trastos en 1955, pese a seguir ocupando puestos señeros del escalafón, interesaba menos que cuando se doctoró. En proporción inversa a su asimilación de la ortodoxia del toreo fue perdiendo poder de atracción para el público de masas. Si unimos a esto los costurones que los toros le tatuaron en la piel, era lógico que, torero tan intenso, entrara en un estado de saturación que lo impulsara a alejarse de los ruedos. Y así permaneció cuatro años, dedicado a sus fincas de Salamanca y Extremadura, hasta que el vacío del toreo se le empezó a hacer insoportable. Tenía necesidad de encontrarse a sí mismo y ello pasaba por retornar al bullicio de las plazas, al rigor del traje de luces, a ese miedo valiente que el roce con el toro impone a los toreros; en definitiva: a volver a estampar su nombre en los carteles.

Reapareció en Arles en abril de 1960 y se anunció en la primera y quinta corridas de San Isidro volviendo con la misma tesitura que le dio fama: la de torear en ese terreno muy cerca de los pitones, que pocos se arriesgan a pisar. Sobresalió su temple e impresionó muy gratamente al respetable, que le vuelve a tomar en consideración. Así continuaría su andadura –en 1962 no toreó en España– hasta llegar a la temporada del 63, sin duda la más brillante de su vuelta, donde situamos el tercer acontecimiento que nos permita terminar de plasmar su retrato.

El Domingo de Ramos –7 de abril– un toro de Juan Cobaleda hiere en Toledo a Jaime Ostos quitándolo de la Feria de Sevilla y dos domingos después, un astado de Alipio cornea gravemente en el vientre a Diego Puerta en Barcelona, engrosando la lista de bajas del serial abrileño. Así, en la primera corrida de Feria –22 de abril–, se producen dos sustituciones: la de Pedrés por Ostos y la de Gregorio Sánchez por Puerta. Nadie podía imaginar a la hora del paseíllo que aquel Pedrés que entraba en el ciclo por la puerta chica de la sustitución iba a obtener uno de los triunfos más completos y rotundos de los últimos tiempos en La Maestranza. Es cierto que su lote de urquijos ayuda, pero no lo es menos que la dimensión dada por el diestro de Albacete lo catapulta hasta el anaquel de los maestros consagrados. Ni un paso inútil o irrelevante se le apreció a la enorme faena de muleta que realizó a su primero. Allí estaba el gran muletero que fue siempre, pero ahora con un poso asolerado que le había llevado a adquirir un mayor temple y un mando que no tenía en su primera etapa. A destacar, la manera perfecta de embarcar al toro al natural, para ir tirando lentamente de él y hacerlo pasar cuantas veces quiso hasta ligar el de pecho. Faena perfectamente estructurada como un silogismo a cuyas premisas artísticas siguió la bella conclusión de la estocada. Una oreja de ley.

Rácano pareció el premio, pero quedaba el quinto, el toro mayor de la corrida, con 544 kilos de peso, con el que formaría singular escandalera. Pese a no destacarse nunca como capotero, toreó sobriamente a la verónica y realizó un buen quite. Y llegó el tercio final, que Pedrés comenzó ahormando al toro doblándose por bajo y, a renglón seguido, sacándolo hasta los medios. Era el lugar elegido para desplegar su lección de cátedra. Donde antes audacias, se imponían ahora los cánones del más estricto clasicismo. El compás abierto, la suerte cargada, la tersura en la tela, la cadencia en el son, la exquisita manera de hacer de cada pase una perfecta preparación del siguiente, tanto con una mano como con la otra, convirtieron la faena en un inmenso y polifacético muletazo desplegado en un caleidoscopio de matices. Este nuevo Pedrés, maestro de maestros, que se prodigaría a lo largo de aquella temporada y no tanto en las dos siguientes hasta que se retiró definitivamente en 1965, había logrado interesar al gran público tanto como aquel “instintivo” del principio, cuando se abría paso a bocados, atropellando la razón y poniendo en vilo el corazón de los espectadores. Ahora era su docto magisterio el que lo hacía especial. Por eso, cuando esta tarde de Sevilla, hundió el acero en los rubios del bruto, mientras el diestro acariciaba la mole herida sin puntilla, la plaza se nevó de pañuelos y las dos orejas fueron a sus manos en justo premio a lo antes vivido. Este 22 de abril, en la Real Maestranza de Sevilla, la semilla de futuro que dejó sembrada en la faena al toro cuarto del día de su alternativa había germinado plenamente dando lugar a la transformación de aquel torero enigmático, imprevisible y trágico, en un reputado maestro de extraordinaria sabiduría y pericia. Con unas u otras virtudes, Pedrés, bajo el denominador común de su valor y personalidad, culminaba el periplo de su andadura torera sin salirse de los derroteros de las grandes figuras del toreo.

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