Cuando el valor se llamaba Terrón.

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Artículo de Santi Ortiz.

Ahora que Trigueros sigue ilusionada y expectante los progresos de su torero David de Miranda, triunfador del último San Isidro al abrir la Puerta Grande de Las Ventas tras cortarle las orejas a un bravísimo y exigente toro de Juan Pedro Domecq, no está de más echar la vista atrás para encontrarnos con el recuerdo de un paisano suyo cuyo valor y personalidad llegó a tener a todo el toreo pendiente de su nombre; un muchacho de Trigueros, Pablo Gómez Terrón, que tal día como hoy de hace sesenta años debutaba sin picadores en la plaza de toros de Huelva.

Refrescar su memoria no es sino hacer justicia a quien fue capaz de convulsionar el mundillo taurino de Huelva como ningún otro torero de principios de los años sesenta; convulsión que alcanzaría las más altas instancias de la Fiesta, pues no en vano llegó a ser apoderado nada menos que por la casa Camará. Cada vez que toreaba en Huelva, Terrón ocasionaba en su entorno un impacto ambiental capaz de originar dos desiertos: el de Trigueros, al que convertía en un pueblo fantasma, porque su gente en masa se iba a verlo torear, y el de las taquillas, a las que dejaba deshabitadas totalmente de entradas.

Eso ocurriría algún tiempo después de esta novillada de noveles de Huelva, donde todavía el triguereño era un perfecto desconocido para el público. En cambio, el que entonces empezaba a revolucionar el toreo por aquellas fechas era Manuel Benítez, El Cordobés, quien, precisamente aquel mismo 18 de junio, reaparecía en Andújar de su gravísima cornada de Granada cortando, para que no cupieran dudas, cuatro orejas y dos rabos.

La novillada de Huelva donde debutó Terrón –que ya había vestido el traje de luces en Valverde del Camino el anterior 23 de abril, como muestra el cartel adjunto– me trae la añoranza de otros tiempos donde, por estas tierras, había mucha más afición a los toros. Y eran muchos los chiquillos que querían ser toreros. En todos los barrios los había, por eso estos carteles de noveles se confeccionaban con chavales que representaban a su barrio respectivo –si ahora se quisiera hacer una cosa parecida, ¿adónde echaríamos mano?–; así, en el que nos ocupa, aparte de Terrón, que era de Trigueros, figuraban los onubenses Curro Macías, Niño de la Prensa, por el barrio de San Sebastián; José Morales, Quitín II, por el del Matadero; Luis Cintado –mi entrañable y recordado amigo El Tinajón–, que, aunque nacido en Bonares, iba por el de Las Colonias; Diego Infante, del barrio de Santa Lucía y sustituto de Machaquito, que hubiera representado a la Isla Chica, y Fernando Galé Vega, por El Higueral. Los novillos de José Rufino Moreno Santamaría traídos para la ocasión dieron juego dispar y, como solía ocurrir en esta clase de festejos, variado fue el resultado de los diestros, desde el triunfo de El Tinajón, que cortó la única oreja de la tarde, hasta los tres avisos que le dieron a Fernando Galé. Terrón, por su parte, dio la vuelta al ruedo tras mostrarse en su astado tan valiente y rabiosillo como ayuno de destreza.

La primera vez que vi torear a Terrón fue en la siguiente novillada que se anunció en Huelva; otra de noveles celebrada en mayo de 1962, donde, para lidiar y estoquear reses de Gerardo Ortega, compartió paseíllo con Tomás Domínguez, Jesús Abril, Luis Tabuenca, Juan Jesús Sánchez, que aún no se anunciaba como El Zurdo, y el rejoneador portugués Clemente Espadanal, cuya peculiaridad era matar desde el caballo con el estoque. Destacaron en ella Terrón, Abril y Tabuenca, aunque serían los dos primeros los que seguirían acaparando el interés de los espectadores: Abril, por su elegancia y arte, y Terrón por su valor y entrega. En dicha novillada, gustó Pablo de las dos caras de una moneda que habría de acompañarlo en su andadura: la de su temeridad y la de la sangre derramada. Con la primera conquistaría aquella tarde la reiterada petición de oreja con que lo premió el público; la segunda en cambio, fue muestra de la cornada en la axila izquierda que sufrió al entrar a matar.
El riesgo es el lugar donde el valor reside, crece, se hace visible. En esa patria, vivió y creció Pablo Gómez Terrón, para levantar con entereza insólita el soberbio edificio de su temeridad, en el que se pudre lo políticamente correcto y no hay espacio para las preponderancias defensivas. En él fue forjando el chaval de Trigueros el peso de su luz a fuerza de derrochar ese valor auténtico y no postizo que exhibía cada tarde con despiadada prodigalidad.

En una de ellas, de las primerizas, ocurrió algo que merece un análisis más pormenorizado. Cualquier aficionado sabe que los toros –como le pasa al hombre con el manejo de sus manos– no embisten igual por los dos pitones; esto es: puede embestir, por ejemplo, noble y claro por el pitón derecho y ser un marrajo por el izquierdo, o al revés, de ahí que en la ética no escrita del toreo, se tenga por rasgo de valor volver a ponerse el torero a torear por el mismo pitón que ha sufrido la cogida; es decir: si lo coge por el pitón derecho (o izquierdo), levantarse y ponerse a torear por ese mismo pitón. Ahí es donde está el mérito y no en ponerse a torear por el otro. Dicho esto, señalemos que en una de esas primeras novilladas sin caballos, a Terrón lo volteó un novillo al echarse el capote a la espalda, si la memoria no me engaña, por el pitón izquierdo. Se levantó el muchacho e intentó realizar la misma suerte nuevamente por el pitón izquierdo y fue nuevamente volteado. Tornó a levantarse y a citar por el mismo pitón y por la misma suerte. Y otra vez sufrió una voltereta. Y vendría una cuarta con el mismo resultado. Ya la gente le chillaba para que desistiera. Pero lo intentó una quinta vez, de nuevo por el pitón izquierdo, de nuevo para echarse el capote a la espalda… ¡Y el novillo pasó! Y se rebujó con él por gaoneras. Y los oles alcanzaron los decibelios de la admiración. Y de esa forma, con esos detalles, con esos alardes, con ese empecinamiento, Pablo fue acrisolando su fama de valiente; fama que no decaería después ni con el novillo picado ni con el toro-toro, porque el suyo era un valor de verdad.

Este ejemplo sólo ilustra uno de los vértices de su bizarría, ya que su valor penetraba osado como una enredadera por otras coordenadas del riesgo. Por ejemplo, las del aguante, donde, imperturbable, consentía sin el más leve movimiento de sus zapatillas las probaturas, amagos, parones y coladas de las reses. También se hacía notar por los terrenos que pisaba. No le costaba meterse entre los pitones, acortar las distancias y avasallar a los novillos hasta el punto de poner cardiacos los tendidos, a los que inoculaba una mezcla de estupor y angustia que acababa estallando en gritos de entusiasmo. Con Terrón me ocurrió algo que nunca, ni antes ni después, vi con otro torero. Yo he presenciado cómo hombres hechos y derechos que iban a la plaza a verlo torear, se tenían que salir del tendido porque no eran capaces de aguantarlo. Recuerdo un hombre de estos, que, se ponía a fumar como un desesperado dando paseos por el pasillo interior de la plaza de Huelva y que, de vez en cuando, asomaba la cabeza por el vomitorio para preguntarme “¿Cómo va?”. Era impresionante. Y no sólo le pasaba a personas del público, también a los profesionales. En la memoria se me posa aquella novillada de las Colombinas de 1963, donde el taurinismo en pleno –matadores de toros, periodistas, apoderados, empresarios y taurinos de toda laya– acudió a ver al denominado “León de Huelva”, al novillero que rebasaba todo lo emocionante. Y a fe que no salieron defraudados, porque Terrón, ante una muy difícil novillada de don José de la Cova, dio la talla corregida y aumentada de la fama que venía precedido. Ese día, no sólo asustó al miedo, sino que también consiguió asustar a maestros como Pepe Luis Vázquez (padre), quien se vio obligado a abandonar la barrera que ocupaba, yéndose de la plaza, por no poder aguantar el derroche de temeridad de que hizo gala el torero de Trigueros. Y es que ese día Terrón consiguió que la plaza quedara sumida en sombras de cipreses, sobrecogida por el cante enlutado de una soleá trágica, petrificada por barruntos de cuchillos voraces… Hubo un momento, durante la faena al primero de su lote, en que el novillo se le quedó parado poniéndole el pitón en la axila y Terrón, impávido como una estatua, no sólo le aguantó el parón, sino que, girándose levemente, comenzó a rascarse la espalda con la astifina punta del pitón del toro. Envuelto en ese viento de tragedia; un viento nacido en los remotos refugios del espanto, Terrón dejaba serios y mudos todos los corazones hasta que, pasada la congoja, aparecía el gozo irrefrenable de la catarsis purificadora. También para verlo torear, había que tener aguante.

Aquella temporada del 63 fue la más importante de su carrera. Donde llegaba triunfaba o causaba sensación. Córdoba, Cáceres, Écija, Sanlúcar de Barrameda, Algeciras, Málaga y Barcelona –tanto Las Arenas como La Monumental–, entre otras fueron testigo de ello. Honró con su sangre los ruedos de Los Tejares y el algecireño de La Perseverancia, antecesor del actual de Las Palomas, para volver a enfundarse el vestido de luces con más valor si cabe. De la de Córdoba reapareció en Estepona, cortándole las orejas y el rabo a un novillo de Salvador Gavira; de la de Algeciras, lo hizo en Málaga donde cortó una meritoria oreja a su segundo, después de haber sobrecogido a La Malagueta ante el sentido de su primer oponente, que le dejó las taleguillas hechas unos zorros. En Sanlúcar de Barrameda, tierra en la que vivo, cortó cinco orejas con petición de rabo, fue repetido varias veces y los viejos aficionados todavía lo recuerdan con admiración y cariño. Después de reaparecer en Estepona tras la cornada de Córdoba, vino a Huelva con toda una señora corrida de toros de doña Ana Peña, viuda de Campos. Hubo un novillo que la autoridad rechazó por exceder sobradamente el peso máximo permitido en novillada. Ese día, Terrón armó una auténtica escandalera. Todavía me parece verlo con su traje blanco y oro rebozado de sangre bovina levantando a la gente de sus asientos con su toreo de infarto. Cuatro orejas y dos rabos paseó el mocito ante el admirado contento de todos; mientras en boca de los aficionados, una frase se adueñaba de los comentarios: “Terrón tiene valor para hacer diez toreros.”

Incluso en las tardes donde el triunfo no llegaba, dejaba un poso inquietante de su verdad torera, además de hacer cavilar al público con su pedagogía tremendista. Una tarde en Huelva, creo que con un novillo avieso de Flores Tassara, me hizo comprender que la técnica del valor, en muchas ocasiones, es superior al valor de la técnica. Citó para torear en redondo con la diestra y el novillo casi le quita la cara –que no el sitio que ocupaba– por lo alta que llevaba la suya. Volvió a citar por el mismo lado y ahora la cabeza del bruto pasó a la altura del pecho y al cuarto muletazo embestía humillado como si de un toro de carril se tratara. Eso se llama ahormar defectos, pero no a base de tecnicismos, sino de valor puro y duro. 

No puedo evitar dejarme llevar por la niebla de las añoranzas al recordar estas cosas. Aquello fue muy grande, como aquel triunfo de cuatro orejas y un rabo, el día de la Cinta, cuando pasó a tomar posesión de todos los terrenos, metiéndose resuelto, sereno, decidido, allá donde los toros tienden las emboscadas. Esa tarde elevó el toreo, desprendiéndolo de cualquier liviana floritura, con aquel temple suyo que pegaba mordiscos. No. Es imposible: los que no alcanzaron a verlo torear, no pueden ni imaginar siquiera la que tenía formada aquel Terrón del año 63. Cuando se vive al límite como él lo hacía, es preciso tener a doña Fortuna de amiga y compañera. Es imprescindible contar con sus favores cuando día a día, toro a toro, se pone la vida en la balanza con la desmesura con que él la entregaba; de lo contrario –por eso el toreo es tan grande y tan difícil–, en un instante, todo puede venirse abajo como un castillo de naipes. A Pablo se le vino el día de San José de 1964, en la primera novillada de las setenta que le había firmado para ese año su apoderado, el todopoderoso Camará. Y cuando la Fortuna parecía bendecirlo con su mejor sonrisa, los arteros atajos del azar lo sacaron de su senda de luz y a empellones lo metieron en el cuarto de las calamidades. Debut con mala sombra de Diego Puerta como ganadero y Diodoro Canorea como empresario de Huelva. La novillada que trajo el primero fue muy chica: una “gatada”. Pero no hay enemigo pequeño, sobre todo si cuenta con la ayuda de otro mucho más temible: el público. En este caso, no el público en general, sino aquella voz que conturbó los aires para abrirle la puerta a la desgracia: “¡Terrón!, ¿le vas a tener miedo a una cabra?” Fue como arrimar la cerilla a la yesca. Herido en su amor propio, el pundonor del diestro se inflamó. Metiose ente los pitones, cruzándose temerariamente para torear en redondo. En ese terreno tan comprometido, hizo el torero el alarde de mirar al tendido buscando con la vista al desaprensivo autor del grito y fue en ese momento cuando de improviso se le arrancó el novillo, que sólo tuvo que alargar el cuello para prender al diestro y dejarlo clavado, empalado, en su pitón derecho. Cuando Terrón cayó al suelo, un surtidor de sangre le empapaba ya toda la pierna desde la nalga a la media. Con el nerviosismo que produce la sensación de una cornada grave, Terrón fue rápidamente conducido a la enfermería, mientras la plaza cargaba airada contra el irresponsable que había provocado dicha situación.

La cornada fue grave, pero lo peor es que doña Fortuna le había vuelto la espalda definitivamente. Pasan los días, el torero se agrava y hay que trasladarlo de urgencia a Madrid. Cuando lo operan a vida o muerte en el Sanatorio de Toreros, le descubren otra trayectoria no detectada en Huelva, tres perforaciones de intestino y una peritonitis de caballo. Un día, recordando aquella pesadilla, Pablo me confesaba: “Yo he visto mis tripas metidas en un cubo.”

Tres meses y medio tardó en reaparecer como un espectro de pellejo y huesos, y las setenta novilladas que tenía firmadas, se quedaron en once. Fue un año duro aquel, donde cortó orejas, sufrió otra cornada, y siguió adelante a trancas y barrancas con el valor intacto, pero con llagas y fisuras infectando las hasta entonces limpias ilusiones. Rotas las relaciones con Camará, la cuesta del toreo se le empina; más aún tras otra gravísima cornada sufrida en Vista Alegre. Y aunque corta oreja en Sevilla, torea tres tardes en Las Ventas y toma brillantemente la alternativa en la Monumental de Barcelona –triunfo de dos orejas cambiado por una fractura de clavícula, que le impide la salida en hombros– nada vuelve a ser lo de antes; lo de aquel glorioso e ilusionante año 1963, cuando ante su vista se extendía, como una tierra prometida, el porvenir más halagüeño del toreo.

Pablo Gómez Terrón fue un torero malogrado, con cualidades para haber llegado a lo más alto, encaramado en la autenticidad de un valor fuera de serie. Para mí, fue el torero más valiente de todos, hasta que llegó José Tomás. Y mientras mi cuerpo aliente, en el joyel de la memoria guardaré celosamente, como un tesoro relampagueante de heroicas hazañas, aquellos alborotos de plaza boca abajo que originaba en Huelva el diestro de Trigueros, cuando, sin ningún género de dudas, el valor se llamaba Terrón.

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