El Torero, la moralidad del Héroe.

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Sostenía Ortega y Gasset que no conocía un rasgo más certero para distinguir un hombre moral de un hombre frívolo que el ser capaz o no de dar su vida por algo. Darse todo; poner la vida en un empeño, que podemos denominar ideal; arriesgar todo lo que se tiene –porque la vida es todo– con ese afán de traducir los sueños en realidades; verter la vida entera en algo que al mismo tiempo sea capaz de llenarla, es un esfuerzo donde el hombre hace presa de sí mismo, supera su instinto de conservación y proyecta su existencia por encima de la misma muerte para sobrevolar los estratos que llevan al mundo de los héroes.

Los toreros, cualquier torero –porque todos han de poner la vida en juego aun para fracasar–, poseen esa textura de quienes deambulan por los ideales sin reparar el coste. Un toro es para ellos una meta y un reto, un vehículo y un precipicio, pero, sobre todo, la representación de una muerte que ha de ser superada, vencida, burlada. Y escondida, de cara a los espectadores. Por eso, el torero oculta la tenebrosa sombra que lo acompaña colocándose su máscara de luz –de luces– y desplegando todo el cromatismo multicolor de esa mezcla de geometría, sabiduría y arrojo, que son las suertes del toreo. Es el modo de hacer olvidar que, en esencia, lo que acontece en el ruedo es un descarnado e inflexible duelo mortal.

La inminencia constante de la muerte convierte el toreo en un tremendo drama. Al torero le es muy duro y costoso aprender a convivir con ella, aceptarla como una sombra que impenitente lo acompaña donde quiera que va, que altera su mente y su sosiego por medio de un terrible aliado: el miedo, otro fidelísimo acompañante cuya presencia ha de ser aceptada, asumida y confrontada por todo aquel que persiga el ideal de ser torero.

Digamos que al hombre de luces el miedo le es más cercano, más próximo, mientras que la muerte se agazapa allá en el horizonte sin que por ello su presencia deje de presentirse ni su latente amenaza de adivinarse. Con el miedo, por el contrario, el trato se produce en la distancia corta, y el torero deberá aprender a pelearse con él, como prólogo obligado, cada día de corrida, para mantenerlo a raya, para que no le enturbie las ideas y pueda seguir remontándose con el mismo afán por los espacios que habrán de llevarlo a su meta.

Sin embargo, hay que saber que en su fuero interno el torero ama tanto a la sombra como a la luz. Es la sombra –la muerte– quien confiere ese poso de moralidad a la aventura del toreo. Para que el arte de la lidia descanse en unos pilares éticos que den sentido a que un hombre se otorgue el derecho de matar al toro, la sombra es tan necesaria como la luz. Sin ella, todo se revestiría de absurdo sacrificio de reses y la plaza se convertiría en matadero. No puede haber luz sin sombra. Por eso el torero la tiene por obligado complemento de su arte. Y su heroicidad radica en navegar entre ambas con el mismo desparpajo, buscando una y aceptando otra.

Como el héroe, el torero ama su trágico destino. Y no distingo entre toreros actuales, modernos o antiguos, porque todos participan de ese hilo trágico e invisible que atraviesa épocas y generaciones para sorprenderlos siempre en la misma búsqueda de la totalidad. Da igual que nos remontemos al siglo XVIII, con Costillares, Romero e Illo, que a lo largo del XIX, pasando a vuelapluma por Curro Guillén, Paquiro, Cúchares, Chiclanero, El Gordito, El Tato, Lagartijo y Frascuelo, Mazzantini, Guerrita, Reverte y El Espartero; o la centuria del XX, con Bombita y Machaquito; la Edad de Oro que protagonizaran Joselito y Belmonte; la Edad de Plata, que nos lleva de Chicuelo y Granero a Domingo Ortega y Victoriano de la Serna; la época de Manolete, Arruza y Pepe Luis; los años cincuenta, con Litri, Chamaco, Ordóñez, César Girón, Chicuelo II y Pedrés, entre otros; la década cordobesista, así hasta llegar –Ojeda y Espartaco mediantes–, a Ponce, Joselito y José Tomás y desembocar en el actual siglo XXI, donde rutilan entre otros los nombres de El Juli, Morante y Talavante, hasta alcanzar la orilla inmediata del presente con la valiente novedad de Roca Rey, que, en su atrevida frescura, ha sabido darle una nueva vuelta de tuerca a la evolución del toreo.

De unos tiempos a otros, cambia la lidia, la técnica, el toro y el público. También la estética y el arte, pero ese poner la vida en la balanza es una constante que se mantiene desde que el toreo existe; como esa sangre derramada con la que los toreros acuñan la moneda del valor y pagan el tributo que la ética demanda para llevar con honra el vestido de luces. Escasísimas son las monteras con galón profesional que han pasado por las plazas sin que el toro les dejara costuras en la piel. La cornada es una asignatura de casi obligado cumplimiento y con ella en su cabeza vive el torero esperándola, temiéndola, pero también colocándola en el anaquel del orgullo –“medallas”, les llaman–, porque, como dice el libro de proverbios del toreo, hasta que no lo calan, no se sabe la auténtica valía del torero. Y éste se siente complacido cuando se demuestra a sí mismo que ni los puntos de sutura ni el dolor que conllevan les mella el ánimo o les rebaja el deseo de torear; esto es: de poner de nuevo en riesgo su vida; o dicho de otra forma: de comprobar que su moralidad –en el sentido en que la usaba Ortega– sigue intacta.

Algunos diestros hay que de cornadas se han llevado auténticas colecciones. Tal vez, a la cabeza de estos damnificados habría que poner a Luis Freg, cuyo cuerpo era un rosario de cicatrices desde las pantorrillas hasta el cuello. Más de cien creo que tenía, y, sin embargo –sarcasmo del destino–, vino a morir ahogado en un paseo lacustre. Otro que las tenía por decenas fue Chamaco, que amasó con su sangre la dura genialidad del tremendismo. También Diego Puerta, aquel “Diego Valor” enrabietado y pundonoroso, que se montaba encima de los toros. Antonio Ordóñez fue otro que “cobró” lo suyo, pagando un caro tributo por lucir el clasicismo de su arte, y Ortega Cano, y Juan José Padilla, tremendamente castigados por las astas, y tantos y tantos otros. Porque –nunca se les olvide– los toros cogen cuando se torea y se arriesga de verdad: a los torpes, a los listos, a los clásicos, a los heterodoxos, a los de arte y a los tremendistas. ¡A todos! Y todos deben después asimilar el daño y recuperar cuanto antes el sitio ante los toros que las cornadas suelen quitar. De todos los que he visto –y han sido muchísimos–, el único que ha salido de los percances como si las cornadas se las hubieran pegado a otro es José Tomás. Jamás le he visto una duda, una inseguridad, un quedarse “detrás de la mata” para aminorar el riesgo. De sus cornadas –y se las han dado de muerte–, reapareció siempre con la misma entereza, el mismo valor, la misma seguridad, el mismo toreo, la misma pureza y pisando los mismos terrenos, que atesoraba antes de padecerlas. Para mí, es un caso único en toda la historia del toreo. Y es de todos los hombres de luz, quien mejor encarna esa moralidad de héroe que conlleva el ser torero.

Y ese amor. Porque el toreo es, sin duda, un acto de amor. El amor desea, el temor evita. El amor es valiente, se atreve, se aventura, se compromete y expone por aquello que ama siendo siempre consciente del riesgo que corre. Así es el torero, en su deseo de serlo, pues, como héroe, no sólo lo percibe, sino que sale a buscar el peligro para afrontarlo con mirada clara. Los toreros se han educado en esa delicada tesitura. Pese a tener conciencia de su mortalidad, de su fragilidad física ante el poderoso animal al que se enfrentan, se rebelan contra sus limitaciones e inseguridades y tarde a tarde, toro a toro, salen a desafiar al destino. A veces, a tirar la moneda al aire, pues, no son raras las ocasiones en que la Puerta Grande se coloca al lado de la enfermería y es entonces cuando sólo los verdaderamente bravos son capaces de atravesar una dando opción a salir por la otra. Son los días en que el lema de sus escudos de armas luce en letras de oro: “Triunfar o morir”. Son los días en que el duelo a muerte del ruedo no se puede ocultar y muestra su macabra amenaza para que los espectadores se llenen de angustia ante la inminencia del posible percance; angustia que se traduce en admirado júbilo si el torero se alza con la victoria, o en dolorosa pesadumbre si ha de poner su cuerpo en manos de los médicos.

Diamantina dureza tiene el toreo. Y no es exagerado tachar de milagro que un hombre, jugando con la muerte, consiga convertir esa dureza en una bella danza de color y armonía. Lograrlo es la recompensa de quienes son capaces de dar la vida por sus sueños. Es el espejo de alinde donde refulge con toda su grandeza la moralidad que asiste al héroe.

Artículo de opinión de Santi Ortiz

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