José Antonio Campuzano salvó el montaje.

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Desde hacía unos meses, un personaje curioso trataba de abrirse paso en el panorama taurino español y, gastándose mucho dinero, se dedicaba a montar festejos en pequeñas plazas con el objetivo de sumar trofeos que le abrieron otras puertas más importantes. Y el hombre, quizás mal aconsejado, decidió también actuar en la plaza de Huelva, después de haberlo hecho en distintos cosos de la geografía comprovinciana, en una corrida que, por muchas circunstancias, parecía más de plaza de talanquera que de un coso de capital de provincia, pero, como en tantas otras cosas, el dinero se impuso y, por ello, se desarrolló este festejo que poco fuste dio al coso.

Y así, para el 21 de mayo de 1.995, se anunció una corrida para el lucimiento de Edgar García El Dandy, el personaje en cuestión. Su actuación rayó en lo esperpéntico pese a corresponderle el mejor lote del mal encierro, pero el colombiano siempre estuvo a merced de sus dos oponentes, provocando la hilaridad de los escasos espectadores – menos de un cuarto de plaza – que acudieron a contemplar el festejo y, afortunadamente, se salvó de una cogida. Fue avisado en sus dos ejemplares y su paso por La Merced no dejó ningún recuerdo positivo, salvo que posibilitó que sus compañeros de cartel tuvieran una oportunidad para triunfar una vez más en el coso onubense.

Para la ocasión se trajeron ejemplares de José Luis Pereda, que estuvieron desiguales de presentación y con muy escaso trapío, con unas caras paupérrimas y algunos con problemas visuales. El tercero se rompió un pitón al derrotar con un burladero y fue reemplazado por el sobrero, también del mismo hierro. En suma, mal ganado salvo el lote de El Dandy, pero no encontró lidiador que supiese sacar partido de esas cualidades.

José Antonio Campuzano se encontró para abrir plaza con un ensabanao que presentó muchas dificultades, por lo que optó por la brevedad dejando constancia de su experiencia para estos casos. Le acompañó una ovación. Sin embargo, en el cuarto se lució en las verónicas de recibo y en un quite por chicuelinas. Con la muleta fue logrando meter al toro en la franela para hilvanar una faena a más en intensidad gracias a sus ganas y decisión tras hacerse con un toro que no dio muchas facilidades. Al matar de estocada caída fue premiado con las dos orejas que le permitió salir por la Puerta Grande.

Accidentado tercio de banderillas en el segundo de la tarde al saltar como espontáneo el recientemente fallecido Manolo Roca que pretendió colocar un par de rehiletes. Tras este incidente, llegó la calma y Emilio Silvera logró varías series muy templadas y superando las dificultades de su oponente. Terminó de pinchazo y estocada y para él fue la primera oreja. Con el quinto, que pareció tener problemas de visión y fue muy andarín, no pudo tener lucimiento por lo que al concluir de pinchazo y media-baja fue obligado a saludar.

Poco más dio de sí este festejo, impropio por muchos motivos de una plaza como La Merced desde que se anunciara y así se desarrolló entre la rechifla de los pocos espectadores que decidieron acudir a presenciarlo. José Antonio Campuzano, mentor del diestro colombiano, y Emilio Silvera hicieron olvidar el bochorno de todo lo demás que sucedió en el ruedo. De pena.

Artículo de Vicente Parra Roldán.

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