Una lucha de siglos (parte I).

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Artículo de opinión de Santi Ortiz

Vivimos en un mundo antitaurino, y lo digo en favor del toreo. Un mundo que desnivela por un lado e iguala por otro. Desnivela, porque cada vez es mayor la desigualdad entre los que más tienen y los que no les queda más que la pobreza; iguala, porque no admite ningún mundo distinto al que él homologa. Blanco y negro en lo económico y monocolor para expresar el pensamiento único que nos quiere imponer.

El toreo –siempre lo ha hecho– se les sigue escapando de la cuadrícula. No se deja poner la montura para que lo domen. Tiene unos principios ajenos a los del dios Mercado y sus valores siguen siendo humanistas, precisamente ahora que el hombre se ha quedado a trasmano, cuando ya no interesa si no es como potencial consumidor; cuando estorba, cuando desde el poder ha sido designado como la víctima propiciatoria a quien echarle la culpa de todo lo malo que ocurre en el planeta. El hombre es el malo de la película y en torno a esa idea ha crecido un feminismo, un animalismo, una bandera LGTBI y un falso izquierdismo, que vuelven la vida más estrecha, puritana y mediocre. Y mientras nos peleamos, las risotadas de los amos del mundo atronan el Olimpo.

Llegan los mercaderes de la política, la progresía lobotomizada, los marchantes a la violeta, los que reducen la realidad a una parodia, los ecos que se creen las voces de los que no tiene voz. Llegan imponiendo sus credos, sus dogmas, sus mentiras, reduciendo la libertad a la imagen y semejanza que el dios Mercado les ha hecho creer es la suya. Detestan la censura, pero son censores. Dicen luchar por los seres libres, pero no dejan de imponer bajo cuerda su dictadura. Tienen amplias miras para ti, pero sólo si tú piensas y te conduces como ellos han decidido.

Odian todo lo que no entienden. Y la mayoría no admite nada tan complejo que no quepa en 140 caracteres. Ahí radica el límite de su capacidad comprensiva. Si por ellos fuera, del toreo no dejarían piedra sobre piedra y hasta avivarían hogueras para que los libros de toros, las revistas y la fotografía y filmografía taurinas corrieran la misma suerte –el fuego purificador– que hace siglos consumió los escritos musulmanes, hebreos o indígenas; el mismo fuego, las mismas hogueras, que alimentaron los nazis con las obras escritas de los judíos. Se horrorizan de la Inquisición y no se dan cuenta de que conforman una nueva generación de inquisidores con el mismo lema que éstos empleaban en asuntos de fe: tolerancia cero. El pretexto de aquellos era salvar las almas de los pobres desgraciados que caían en sus manos; éstos lo hacen para salvar al país de su atraso, de su barbarie, y librar a los niños de la terrible influencia de su violencia.

Ahora los tenemos metidos en el gobierno de la nación, en el de ciertas comunidades autónomas y en buena parte de los ayuntamientos. Son la flamante versión del Despotismo Ilustrado; ya saben, aquel de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, aunque en este caso, adaptando el siglo XVIII al XXI. Como aquellos, éstos exhiben su “furor de gobernar” y sus enfebrecidas ansias de controlar económica y psicológicamente a los que tratan como a súbditos que hay que educar. Ahí están, ejerciendo su paternalismo pedagógico para salvarnos de nosotros mismos. Allá tenemos a los “ilustrados” inmiscuyéndose en la vestimenta del pueblo –igual que Pablo Iglesias se entromete hoy con los hábitos alimentarios proponiendo sus “lunes sin carne”–, como hizo el marqués de Esquilache prohibiendo el uso de la capa y el chambergo, que habrían de sustituirse obligatoriamente por la capa corta y el tricornio –lo que dio lugar al violento motín de su nombre–, o demonizando agrupadas ciertas profesiones como las “de verdugos, toreros y taberneras”. No sé qué puede tener en común un verdugo con un torero –salvo para la subnormalidad animalista–, pero meter también a las taberneras sólo indica sus deseos de fiscalizar las distintas formas de divertirse que tenía el pueblo. De aquí, los intentos de abolición de los toros y hasta del teatro popular que acometieron con denuedo Jovellanos y el trío de condes: Aranda, Floridablanca y Campomanes, ministros todos del nunca bien ponderado Carlos III, cuya figura ha sido, sin duda, desmesuradamente ensalzada por la historiografía, como si hubiera un acuerdo tácito para silenciar sus errores y destacar sólo sus aciertos.

No cabe en este artículo profundizar en su reinado, aunque fue el primer monarca que, existiendo ya el toreo a pie, prohibió los toros mediante la pragmática sanción del 14 de noviembre de 1785, que tuvo una eficacia relativa al colársele las corridas por la rendija que dejaba el permiso de celebrarlas en aquellas localidades donde existiera concesión perpetua y temporal para darlas con fines benéficos. La prohibición era un exponente más de la insufrible necesidad de control sobre la vida de sus súbditos que tenía el Despotismo Ilustrado, con esas ínfulas pedagógicas, que –como hoy Podemos y afines– trataban de cambiar la antropología de esta inveterada nación. A veces, desde el puritanismo más rancio; por ejemplo, con el que el ilustrado Carlos III condenó a las llamas purificadoras tres obras pictóricas de la categoría de “Las tres gracias”, de Rubens; “Venus, el Amor y la música”, de Tiziano, y los cuadros de Adán y Eva, de Durero, sólo porque contenían desnudos. Y si todavía podemos admirarlas en el Museo del Prado, es gracias a que, a duras penas pudieron esconderlas, salvándolas de su fatal destino, el pintor checo alemán Mengs, entonces pintor de cámara del monarca, y el marqués de Santa Cruz. Otras veces, el cambio procede del utilitarismo señorial, con el que se le hacía al pueblo apología del sudor y el trabajo; así Campomanes luchó con denuedo porque se disminuyera el número de días festivos y la jornada laboral fuera de doce a catorce horas.

Ya en el reinado de Carlos IV y en el que Godoy –enemigo acérrimo de la Fiesta por ver en ella un peligro, dado lo fácil que en la plaza el pueblo exaltaba sus ánimos–, como primer ministro y favorito de la reina, manejaba los hilos del Estado, aprovechó el disgusto general que había provocado la cornada mortal de Pepe-Illo, en Madrid, el 11 de mayo de 1801, la de Perucho, al mes siguiente, en Granada, y la de Antonio Romero –hermano de Pedro y benjamín de la dinastía de los Romero de Ronda–, el año siguiente en la misma plaza, para ir calentando el ambiente hasta lograr, vía conde de Montarco y Campomanes, que el Monarca expidiera en Aranjuez la Real Cédula del 10 de febrero de 1805, “prohibiendo absolutamente en todo el Reyno (sic), sin excepción de la Corte, las fiestas de Toros y Novillos.” La prohibición, que dejó tirados sin oficio ni beneficio a cuantos se ganaban la vida como lidiadores de toros, duró hasta que, tras el motín de Aranjuez –17 de marzo de 1808–, cayera Godoy y abdicara Carlos IV en la figura de su hijo Fernando VII. Como el 2 de mayo siguiente se iniciara la guerra de la Independencia, ese mismo año ya se permitieron corridas a beneficio de los hospitales; festejos que continuarían mientras José Bonaparte ocupara el trono de España, ya que éste, buscando congraciarse con el pueblo, fomentó la celebración de corridas.


Fundada en razones de sensibilidad, que pretende demonizar la Fiesta por cruel e inculta, aparece la crítica de José Cadalso, que aporta la novedad al argumentario antitaurino de cómo la crueldad del espectáculo influye negativamente en el carácter de los españoles. Opuesta a esta visión, y aunque aquí sólo me he propuesto citar a los detractores y no a los apologistas, no puedo dejar de señalar la de Jean Jacobo Rouseau, filósofo defensor de las ideas más avanzadas de su tiempo, autor de “El Contrato Social”, que puede considerarse la biblia de la Revolución Francesa, quien, en un capítulo de su “Considerations sur le Gouvernement de Pologne”, escribe nada menos que: “Las corridas de toros han contribuido no poco a mantener cierto vigor en la nación española.” He aquí un notable ilustrado saliendo en favor del toreo. A ver si toman nota los “anti” del progresismo de pacotilla y se animan a practicar la reflexión.

La muerte del torero en la plaza o aquellas cornadas gravísimas que, antes de la hegemonía del automóvil, obligaban a enarenar la calle donde convalecía el herido para que los carruajes no lo molestaran con sus ruidos, solían avivar las arremetidas de los abolicionistas que pretendían acabar con la Fiesta. Así ocurrió con la cornada letal que el miura “Jocinero” le infirió a Pepete, en 1862, que dio lugar a una oleada de artículos en la prensa contra las corridas a los que tuvo que salir al paso el “Boletín de Loterías y Toros”. También se oyeron voces de queja durante el clima postrevolucionario de 1869, con aquella corrida celebrada en Madrid para solemnizar la promulgación de la nueva


Constitución –llamada la “Gloriosa”–, en la que el toro “Peregrino”, de don Vicente Martínez, hirió de tal gravedad a El Tato, que se hizo necesario amputarle la pierna derecha; protesta que volvió a repetirse tras la gravísima cornada que sufriera Frascuelo, el 15 de abril de 1877, en la plaza de la carretera de Aragón; aunque ninguna de éstas formó tanto revuelo como la originada por la muerte de El Espartero –27 de mayo de 1894– tras la cogida sufrida del toro “Perdigón”, de Miura, que embargó de dolorosa emoción, no sólo a los aficionados, sino a todo el pueblo de Madrid y de España. La conmoción producida por el trágico episodio en todas las capas sociales alcanzó hasta el mismo Congreso, que formuló una propuesta pidiendo la supresión de las corridas; propuesta que siguió el mismo infructuoso camino que todas las anteriores.

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