Veinticinco años de aquel julio de 1996.

Artículo de Opinión de Santi Ortiz.

Han pasado 25 años. Un cuarto de siglo. Muchos frutos de hoy eran semillas en aquel entonces. Nombres que ya no están hacían su agosto por aquellas calendas y otros que, mostrando en distinto grado la decrepitud de su decadencia, todavía aguantan, vestidos de oro y seda, a los toros y al público. También nos legó parte de la problemática actual y, desde luego, visto desde la perspectiva del presente se me antoja una aurora, el alborear de una nueva época del toreo, a partir de la cual muchas vigencias cambiarían hasta desembocar en la realidad que hoy acontece.

Entrados los calores de julio, causa furor el llamado “cartel del verano”, protagonizado por Manuel Díaz, El Cordobés, y Cristina Sánchez, alternativada el 25 de mayo en Nimes con José María Manzanares dando fe y el padrinazgo de Curro Romero, quien, delgado, estilizado y puesto como hacía mucho no se le veía, está sorprendiendo en una campaña –calificada por crítica y públicos de insólita–, que dio inicio el Domingo de Resurrección en Sevilla, a la que aromó de buen toreo para pasear sobre el dorado albero una oreja, pronto transmutada en ramita de romero. A Curro –que demostró quedarle aún esencia en su “tarrito”– le ha reverdecido la afición, como a Sevilla el enamoramiento. Al parecer, también Francisco Romero López está enamorado y eso le da fuerzas a Curro para echar a un lado todas las objeciones y vencer todos los obstáculos con la fuerza de su sentimiento. Amor que acabaría en boda y de cuyas mieles –y sea por muchos años– aún sigue disfrutando.

Otra pareja de espadas que irrumpe con notable fuerza en el firmamento de la Fiesta surgiendo casi del total anonimato es la de Raúl Gracia, «El Tato», y Pepín Liria, que resplandecen con luz propia a partir de su comparecencia en la Feria de Sevilla, donde entraron por la puerta falsa y salieron pidiendo paso para las principales ferias de España. Comenzaron triunfando en la presentación de los victorinos en La Maestranza y remataron el éxito con la corrida de Sánchez Ibargüen, a la que Liria cortó dos orejas –una y una– y tres El Tato, que abrió la Puerta del Príncipe, cosa que hacía 44 años no lograba ningún matador de toros no andaluz, pues el último en hacerlo fue Luis Miguel Dominguín, en 1952. Dicha Puerta también sería abierta en la Feria –otro año más– por el rejoneador Javier Buendía, capaz de convertir lo extraordinario en casi pura rutina, al cruzar por sexta vez bajo el dintel de arco tan triunfal, lo mismo que había hecho siete veces bajo el de la Puerta Grande de Las Ventas.

Si hay una fecha realmente histórica en este 1996, es la del 2 de mayo, cuando el ruedo del coso madrileño se transforma en trampolín consagrativo de José Miguel Arroyo, Joselito, que se encierra en solitario con seis toros –dos de El Torreón y Cortijoliva, y uno de Antonio Ordóñez y Las Ramblas–, para obtener un triunfo memorable, cuya dimensión va mucho más allá de las –¡nada menos que seis!– orejas cortadas. Ratificaría dicho triunfo el día de San Isidro al cortarle los dos apéndices a un sobrero de José Luis Marca brindado al Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, quien, al devolverle la montera, le dijo: “Te doy las gracias, porque me has brindado la mejor faena que he visto en mi vida.” Pero aún le quedaría otra tarde para el recuerdo: la de confirmación de alternativa de Rivera Ordóñez; la de la competencia en quites: hasta cinco alternaron Joselito y Ponce, dejando al confirmante convertido en convidado de piedra. La triple competencia estaba servida. Al llegar julio, los periodistas ya hablaban de “la terna del siglo XXI”, aunque luego sería conocida como la de “los tres tenores” en referencia al muy reiterado cartel de Plácido Domingo, Pavarotti y Carreras. El siglo XXI aún no había llegado y habrían de ocurrir cosas que harían aventurada dicha afirmación.

Esa feria de San Isidro también dejaría el recuerdo de la agalluda faena de Ponce a “Lironcito”, del Puerto de San Lorenzo, y las dos salidas a hombros –que le otorgarían el título de triunfador del ciclo– del confirmado Víctor Puerto. También cabe consignar en ese mes de mayo el debut como rejoneador, en Valladolid, de Paco Ojeda, quien obtuvo una oreja de una res de Los Espartales, ante sus compañeros de espuelas Joao Moura y Pablo Hermoso de Mendoza.

De vueltas a julio, en Segovia y con triunfo de dos orejas, reaparece Javier Vázquez del percance que a principios del mes de mayo, en Villanueva de Perales, le hizo perder la visión del ojo izquierdo a consecuencia del palotazo de una banderilla. En su reaparición, con una moral de hierro, hizo buenas sus palabras dichas con indomable voluntad de guerrero: “el pasado es historia, lo que importa es el futuro”.

También reaparece en Mont-de-Marsan César Rincón, después de tres meses sin torear a causa de la lesión de rodilla –rotura de ligamentos– sufrida en un tentadero de Alcurrucén. La tarde, mano a mano con Joselito, la solventó triunfalmente el colombiano al cortarle las dos orejas al último de sus astados, perteneciente al hierro de Torrestrella. Entretanto, Espartaco regresaba de Houston, donde había sido intervenido quirúrgicamente de su pertinaz y futbolera lesión de rodilla. Cansado de precipitaciones, decidió tomarse las cosas con calma a fin de poder reaparecer el año siguiente.

Jesulín de Ubrique, que la temporada anterior ha pulverizado todos los records habidos y por haber de festejos toreados en un año, parece este verano “distraído” con otras actividades; por ejemplo, la de cantante: lanza un disco suyo al mercado y actúa en el Festival de Benidorm ofrecido por la cadena televisiva Tele 5. Así y todo, acaba la temporada encabezando el escalafón con 121 corridas toreadas. La aritmética de la desmesura sigue mostrando su vigencia.

Como ocurrió antes y pasa ahora, en 1996 las cloacas del toreo desarrollan su pestilente y oscura actividad. El Fundi, que a decir de muchos protagonizó el año anterior la mejor temporada de su vida, sumando a los éxitos de Madrid y Sevilla, los de Arles, Barcelona, Nimes, Burgos, Ceret, Béziers, Bilbao, Colmenar, Valladolid y Jaén, como por encanto desaparece misteriosamente en éste de varias ferias –Arles, Sevilla y Nimes, entre otras– donde se había ganado con creces la repetición. El pie del poderoso no tiene reparos en zancadillear al indefenso en la más completa impunidad. Así y todo, el torero de Fuenlabrada terminó su campaña con 37 corridas toreadas y una cosecha de 49 orejas y 5 rabos en el esportón.

La memoria del mes de julio guarda frescas y palpitantes dos faenas imborrables, de esas que quedan archivadas en el cuadro de honor de los recuerdos. Dos faenas realizadas en plazas de diferente categoría por dos toreros de distinto caché, pero igualmente empapadas de excepcional clasicismo y singular torería. La primera la protagonizó José María Manzanares en el ruedo de Tudela el día de Santiago, al toro “Conde”, de Sánchez Arjona. Relajación, plasticidad, magisterio, naturalidad, magia y genialidad, alborotaron el saber y el sentir de público y taurinos, cautivados por la obra de arte del maestro alicantino, en el año –vigésimo quinto de alternativa– que decía temporalmente adiós a los toros. Faena inigualable, considerada por su autor como una de las tres o cuatro mejores de su vida y que hizo exclamar a un joven y asombrado Luisma Lozano: “Si hace esto en Sevilla, le ponen una estatua al día siguiente.”

La segunda, ocurrida tres fechas más tarde, tuvo por marco el ruedo de Las Ventas y la firmó un torero que prácticamente se había levantado de la cama para hacer el paseíllo, después de que una vaca de Julio de la Puerta le pegara una cornada fuerte en un tentadero; un torero tan bueno como mal matador: Luis de Pauloba. Diestro con un capote y una muleta dignos de una auténtica figura del toreo, se malogró por un estoque de hojalata. Ese día, en Madrid, pudo salir en hombros tras cortar tres orejas y se fue por su pie con el regusto amargo de la obra grande no consumada. Sobre todo la que protagonizó con el último palha que mató, que de haberlo estoqueado bien le hubiese valido para pasear las dos orejas con fuerza incontestable. Toro para poderle, y le pudo. Toro para engancharlo muy delante, llevarlo toreado y rematarlo detrás de la cadera y eso hizo; pero lo hizo además con una profundidad, una hondura y un sentimiento para hacerse, con todo merecimiento, un sitio entre los más destacados. Por algo su actuación fue considerada como una de las mejores del año y acaparó los comentarios de los ambientes taurinos de Madrid. Considero una verdadera lástima para él y para la Fiesta que la suerte suprema fuese la asignatura pendiente que Luis no logró aprobar nunca.

También julio nos dejó sus crespones de luto, precedidos por los que en mayo acompañan el fallecimiento de Luis Miguel Dominguín, víctima de una insuficiencia cardiaca, y del banderillero Agustín Díaz, Michelín, extraordinario capotero, poderoso y hábil en banderillas y padre del afamado director y guionista de cine Agustín Díaz Yanes. Michelín fue el primer torero al que implantaron una vena de plástico para suplir a la safena, destrozada por el toro “Vanidoso”, de Vicente Charro, en la corrida celebrada en la Monumental de Barcelona, el domingo, 2 de mayo de 1965, actuando a las órdenes de Paco Camino. Estos crespones precedieron a los ya mentados del mes de julio: los del prestigioso ganadero don Eduardo Miura Fernández, fallecido a los 82 años de edad en la mañana del sábado 27, y los del infortunado banderillero Curro Valencia, corneado mortalmente al día siguiente en la octava corrida de la feria de Valencia por el toro “Ramillete”, de Giménez Indarte, cuando intentaba banderillearlo. Curro, acuadrillado a las órdenes de Juan Carlos Vera, comenzó la corrida guardando un minuto de silencio por el fallecimiento del citado ganadero, ignorante de que una hora más tarde –sarcasmo del destino– sería su muerte la que obligaría a suspender la corrida y llenar de pesar y luctuoso silencio a todos sus compañeros y aficionados.

Por muy distintas causas de las que hoy acontecen, las novilladas con picadores seguían entonces siendo un grave problema. Demasiados “ponedores”, demasiados “trincones” cobrándoles a los novilleros por torear, alteran la escala de valores tradicional del toreo imponiendo que sean los que más dinero ponen los que más toreen en vez de los mejor capacitados. Como consecuencia, los públicos se van alejando de unas novilladas, cuyos carteles se montan en función de lo que pagan los toreros y no del atractivo que éstos puedan tener para el aficionado. En este clima avalado por gruesas carteras ponedoras y famélicas aptitudes toreras, resalta, tras sus triunfos de Sevilla y Madrid, el novillero Luis Mariscal, aquel de “Pulsaciones cero. Corazón de triunfador”, como rezaba la publicidad ideada por sus mentores José Luis del Serranito y Rafael de Borja. En otra cuerda, comienzan a despuntar Morante de la Puebla, Carlos Pacheco, Uceda Leal, Dávila Miura, los Antonios Ferrera y Barrera, etc., y un muchacho de Huelva con valor sobrado y acusada personalidad, que, tras impactar hondamente a finales de año en una novillada en la ecuatoriana Quito, pegaría un aldabonazo lo suficientemente fuerte para abrirse camino en la novillería y tomar la alternativa en Las Colombinas del 97. Muchos de ustedes lo recordarán. Se anunciaba Francisco Barroso.

Otro asunto notable ocurrido en 1996, que no podemos dejar de citar, aunque aconteciera antes del mes de julio –concretamente el 17 de abril, en Sevilla–, es la presentación de la CAPT (Confederación de Asociaciones Profesionales Taurinas), primer y último intento de unión de todo el taurinismo para la autorregulación de la Fiesta bajo la cobertura de la Institución o instituciones gubernamentales pertinentes. La importancia del hecho es evidente: por primera vez en la historia, toreros, ganaderos, subalternos, empresarios y apoderados, superan la defensa de sus intereses particulares y, dando ejemplo de generosidad, se unen para devolver a la Tauromaquia su verdadera fuerza, su brillo y su gloria. El loable intento terminará en fracaso, pues la CAPT, cuestionada por fuera y saboteada por dentro, acabará claudicando ante las artimañas, zancadillas y trampas de los enemigos que querían impedir la unión de los taurinos. Han pasado 25 años y aquejados de esa indefensión seguimos, cuando se hace más necesaria e imprescindible que nunca el logro de una unión total de todos los estamentos taurinos con vista a sacar adelante a la Fiesta de los múltiples problemas y enemigos que hoy se le acumulan.

Si ésta fue una aurora prematuramente condenada al ocaso, otra alborada comenzaba a iluminar tenuemente el horizonte del toreo por llegar. Venía de la mano de un muchacho que se vio obligado a marcharse a México para hacer su carrera de novillero sin tener que pagar por torear. Un muchacho que se había doctorado en la Monumental de Insurgentes en diciembre del año anterior y que al cruzar el ecuador de julio del 96, había toreado tres corridas en México –en una de las cuales había sufrido una cornada tan gravísima que lo había puesto a las puertas de la muerte– y ocho en España. Un muchacho, un torero, que prácticamente había obligado a sus apoderados a firmar su confirmación de alternativa en Las Ventas con sólo una corrida toreada en España y sin tener nada hecho por delante. Ese día, ante un sobrero con sentido de Guardiola, asustó a Madrid y encendió el piloto de alerta de los mandamases del toreo: ¡Cuidado con éste, que viene a mandar! A mandar y a cambiar la tauromaquia, y a restaurar el toreo legítimo, prostituido entonces por exceso de técnica. Y todo aupado en el pedestal del valor. Del valor auténtico, no el postizo. Llegó a Pamplona por San Fermín, con una corrida de Cebada que estaba saliendo mala. Le dio igual. Se puso en el sitio de torear, adelantó la muleta para embarcar las bruscas y peligrosas embestidas de su primer toro y el público se le entregó. Y en el otro, una res de similar catadura, desplegó su impavidez, temple interior y exterior, firmeza y vergüenza torera, para meter a las peñas en la faena y conseguir –esta vez sí acertó a la primera con la espada– cortarle una oreja de mucho peso. No sería éste su único galardón, pues fue premiado con el Trofeo Hoteles Tryp “al detalle para el recuerdo” del ciclo sanferminero “por su actuación con los toros de Cebada Gago el día 13 de julio, porque cautivó con su porte majestuoso y sincero, por su valor solemne y por realizar el toreo eterno con tranquila liturgia y desprecio del peligro.” Ahí es nada. Ese muchacho se llamaba –se llama– José Tomás e iba a cambiar, con su pureza, el rumbo de la Fiesta y a restaurar con su respeto al rito todo el esplendor de la liturgia que envuelve y embellece a este arte mágico.

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