Vicente Segura, torero y personaje singular.

Artículo de Santi Ortiz.

¿Qué clase de hechizo o de veneno consigue que una persona entregue su juventud y subordine totalmente su vida al afán de realizar unos sueños, venidos de nadie sabe dónde, ante la media luna de las astas?

Casos hay para todos los gustos, algunos realmente llamativos, como el que llevó a Juan de Dios Salazar a cambiar sus hábitos de sacerdote por el vestido de torear, con el que alcanzó la borla de doctor en 1965 en Vinaroz, o al campeón de España y aspirante al título europeo de los pesos medios, Luis Folledo, a alternar los guantes de boxeo con la espada y la muleta. Pero lo más común a lo largo de la historia de la Fiesta han sido los muchachos que, hijos del andamio o del hambre jornalera, quisieron cambiar su destino de penuria y miseria jugándose la vida ante el airado resuello de los toros.

Sin embargo, el protagonista de nuestra historia abrazó la bendita locura del toreo, no impulsado por el hambre y la necesidad, pues nació millonario, sino por la vocación que se le despertó un día de manera irresistible y que sólo aparcó movido por un sentimiento de justicia y libertad cuando, dejando 67 contratos firmados en España, volvió a su México natal para empuñar las armas a favor de la Revolución y de los postergados y desposeídos de la tierra. Ser rico, torero y revolucionario son tres vértices cuya conjunción no suele darse –y menos por ese orden– en un mismo individuo.

En el año 83 del siglo XIX, Vicente Segura vio la luz primera en Pachuca, la capital del Estado de Hidalgo, situado al sur del Trópico de Cáncer y al norte de la ciudad de México, y lindante con los estados de San Luis Potosí y Veracruz, al Norte; de Querétaro al Oeste; de Puebla, al Este, y del Estado de México y Tlaxcala, al Sur. Todas tierras de toros bravos, ya que en Hidalgo se encuentran actualmente las ganaderías de Fernando de la Mora, Tequisquiapan, Torreón de Cañas y otras; en San Luis Potosí, pastan las reses de Pepe Garfias, De Santiago, Espíritu Santo, etc.; en Veracruz, la de El Rosedal; en Querétaro, las de Barralva, Jaral de Peñas, Los Encinos, Teófilo Gómez y Xajay, entre otras; en Puebla destacan Reyes Huertas y Zacatepec; en Estado de México, Atenco –la ganadería de lidia más antigua del mundo–, Pastejé, Cerro Gordo, etc., y en Tlaxcala –el estado que más ganado bravo cría–, moran, entre otros hierros, los de Piedras Negras, Rancho Seco, Montecristo, La Laguna y Zotoluca, pial al que pertenecía el último toro que Vicente Segura estoqueó en su vida.

La fortuna inicial le vino de su padre, brillante ingeniero de minas y accionista de algunas de estas explotaciones; fortuna que luego se incrementaría con la herencia que recibió de parientes cercanos. En contraste, el destino quiso robarle el amor de sus progenitores, pues el autor de sus días falleció cuando Vicente contaba tan sólo un mes de vida y, no tenía más que un añito, cuando se quedó huérfano de madre. Su abuela materna se encargó de darle el cariño que toda criatura necesita y su tutor de organizarle su educación, que, siendo el chaval culo de mal asiento, lo llevó por Europa y Estados Unidos hasta regresar de nuevo a México para ingresar en el Colegio Militar, al que abandonó al cumplir los 19 años. No cabe duda de que Vicente era un muchacho inquieto que se estaba buscando a sí mismo sin acabar de encontrarse todavía.

Una vez fuera de la disciplina castrense, se fue a sus haciendas y minas para comenzar a tomarle el pulso a sus posesiones. Allí, en sus fincas, comenzó a aficionarse en las faenas habituales con el ganado bovino, en las que pronto destacó coleando y enlazando reses. A estas habilidades unió la de lidiar a pie, aunque no tuviese más idea del toreo que la que le proporcionara haber visto torear una tarde al diestro coriano Diego Prieto, Cuatrodedos, que gozaba en México de gran popularidad.

Picado ya por el “gusanillo” o víctima del “mal de montera”, como dicen en México, comenzó a torear como lo que hoy denominaríamos “aficionado práctico”. Trabó amistad con diestros españoles de la categoría de Antonio Montes o Antonio Fuentes, a los que invitaba a sus fincas para entrenarse, y un día, en el transcurso de una fiesta con un grupo de amigos, alguien le lanzó una indirecta retándolo a hacerse matador de toros. Vicente recogió el guante y aseguró que tomaría la alternativa en la llamada plaza “México” de entonces. Y sin pensárselo, allí mismo encontró hasta padrino, pues, estando presente en la reunión Antonio Fuentes, se comprometió a dársela si Vicente se decidía a seguir adelante.

Y así fue. El domingo 27 de enero de 1907 –después de que la corrida se aplazara el domingo anterior en señal de luto por la cogida y muerte de Antonio Montes–, hicieron el paseíllo en la plaza de la calzada de la Piedad, Antonio Fuentes, Ricardo Torres, Bombita, y el toricantano Vicente Segura, que, en lila y oro, cumplía su promesa de doctorarse en tauromaquia. Alternativa de campanillas, que había suscitado una gran polémica entre la mayoría que pensaba que era el capricho de un señorito loco, al que auguraban un fracaso total y hacer el ridículo más espantoso al lado de dos figuras como Fuentes y Bombita, y una minoría que lo creía capacitado para dar este paso. Entre estos últimos, se encontraba el propio Antonio Fuentes. Lo cierto es que la plaza se llenó de bote en bote, que tanto en el toro de la ceremonia, de San Nicolás Peralta, como en el que cerró corrida, el neófito se ganó el beneplácito de los espectadores y que recibió una fuerte ovación al ser despedido de la plaza.

Ya había ganado la apuesta. Ya era matador de toros. Pero Vicente sentía en su interior que aquello no podía acabar aquí (al parecer, había encontrado en los toros lo que tanto buscaba). Se veía poseído por un deseo incontenible de torear y de quitarse el sambenito de millonario caprichoso; para lo cual había de lograr frente al toro que lo trataran como un torero más. Tenía que conseguir que lo tomaran en serio y, para ello, nada mejor que asumir el riesgo de confirmar la alternativa en Madrid.

No tardó mucho en conseguirlo, pues el 6 de junio de aquel mismo año hacía el paseíllo –verde manzana y oro– en el coso de la carretera de Aragón junto a la terna más importante de la época: su amigo y valedor, Antonio Fuentes; Bombita y Machaquito.

Si grande había sido la polémica que generó en México su alternativa, ésta no fue nada comparada con la que desató su confirmación en Madrid. Toda la prensa se hizo eco de ella y fueron muchos los periódicos que solicitaron al Gobernador Civil que no autorizara la corrida previendo una tragedia o un petardo por parte del mexicano. Otros sostenían que lo de “millonario torero” era un bulo que escondía a un sinvergüenza sin dinero que venía a dar un “golpe” y eran pocos los que, haciéndose eco de lo que de él decían los toreros que lo habían visto actuar en México, lo alentaban en su aventura.

Con este clima de apasionamiento, que alimentaba de discusiones cafés, tertulias y mentideros, la plaza se llenó y hasta en el palco real se constató la presencia de la Infanta Isabel. Esta vez los toros eran españoles traídos de los campos de Sevilla, donde pastaban los de Moreno Santamaría. Tanto en el de la ceremonia –“Rapiño”, número 6, berrendo en castaño y botinero; gordo, bien armado y astillado del derecho–, como en el negro zaíno “Cisquero”, que abrochó la fiesta, Segura derrochó valor en la lidia y rectitud y buena disposición al entrar a matar, siendo en ambos ovacionado.

Los comentarios laudatorios que le dedicó la prensa de Madrid tras su corrida, despertaron enorme curiosidad en toda España y empezaron a lloverle propuestas para torear. Sin embargo, lejos de dejarse llevar por el entusiasmo, Segura quiso desde el primer momento imponerse dos condiciones que habrían de granjearle el respeto y la simpatía de la afición. En primer lugar, buscando que lo consideraran como un profesional más, descartó torear gratis, sino que buscó siempre cotizarse caro en función de la categoría que fuera consiguiendo. Por otra parte, como no le hacía falta el dinero y quería poner de manifiesto que llegaba al toreo impulsado únicamente por su afición, no dudó en donar sus honorarios a empresas benéficas. El día de la confirmación en Madrid, cobró 5.500 pesetas, que, una vez descontados los gastos y sueldos de la cuadrilla, entregó al Gobernador Civil de la Villa para que las distribuyera entre los pobres. Así siguió haciéndolo en sucesivas actuaciones para, al tiempo que daba suelta a su afición, satisfacer uno de sus mayores deseos: ayudar en la medida de sus fuerzas al necesitado, procurando su mejora material y social.

Volviendo a su cotización, hay un hecho que pone de manifiesto lo en serio que se tomaba Segura esta cuestión. En el invierno de 1909-1910, la empresa de la capital de México quiso contratar al torero pachuqueño con los mismos honorarios que Gaona, a lo que Vicente se negó, pues puso como condición cobrar más que el torero de León de las Aldamas, con el que mantenía cierta competencia. Se rompieron las negociaciones, pero Segura se mantuvo firme en su postura y al final la empresa tuvo que ceder firmando el contrato en que el millonario torero ganaba 500 pesos más que Gaona. Eso también da una prueba del mucho predicamento que Vicente había conseguido tener entre sus compatriotas.

Vicente Segura hizo campaña en España los años 1907, 1908, 1909 y hasta la Feria de Abril de 1910, actuando en las más importantes plazas de España, además de hacerlo en Lisboa y Nimes. El primer año toreó 7 corridas; 17 en 1908; 26 en 1909, y en 1910, sólo 3 por tener que regresar a su tierra. En ese tiempo, fue consiguiendo su meta de sacudirse el sambenito de pintoresco millonario y alcanzó a ser tratado como un torero más; un torero de los pies a la cabeza. Un torero con un valor consciente poco común, que fue aprendiendo el ofició a medida que ejercía de matador de toros, llegando a conocer perfectamente el terreno que pisaba ante los astados. Siempre oportuno y bien colocado en los quites, banderilleaba sólo en contadas ocasiones y fue un matador que acabó figurando entre los más extraordinarios ejecutantes del volapié de la primera década del siglo XX. Era la edad de hierro del toreo, con un toro sobredimensionado –aunque no tanto como ahora–, y sin que hubieran aparecido todavía Belmonte y Joselito y el arte de la lidia sufriera el cambio espectacular que la metiera en el toreo moderno. Con ese toro se midió Vicente Segura y gracias a su arrojo, su inteligencia –pues siempre tuvo un valor sereno y consciente– y sus dotes de gran estoqueador –la muleta solo servía entonces de herramienta preparatoria para la suerte suprema– consiguió hacerse un cartel y entrar en competición con las figuras más señeras del momento. Tuvo por apoderado a don Manuel Pineda, que entonces llevaba a Rafael El Gallo y con el tiempo apoderaría a Joselito, y fijó su residencia en Sevilla durante las temporadas que pasaba en España, antes de cruzar el charco cada otoño y volver a tierras mexicanas para proseguir su andadura taurina en la temporada americana.

En la Real Maestranza, que siempre se le dio bien, toreó ocho corridas. Una en 1907; las del Corpus de 1908 y 1909, las dos de San Miguel de este último año y tres de las cuatro de la Feria de Abril de 1910. La última de ellas, de Miura, de la que se llevó un fuerte varetazo en el pecho, supuso su retirada de los toros, pues urgido a irse a México, donde un hacendado e hijo de hacendados, llamado Francisco Madero pretendía sacar del poder a la dictadura de Porfirio Díaz poniendo en marcha la Revolución, no dudo en colgar los trastos y embarcarse rumbo a la nueva aventura.

Dejando incumplidos los 67 contratos que le había firmado su apoderado, navegó a México dispuesto a tomar las armas en el bando revolucionario y a poner su fortuna a disposición de éste. Se dejó el bigote y montado a caballo, vestido de charro, con su canana cruzada al pecho y su pistola al cinto, se jugó la vida por la causa que siempre creyó justa y que resumió al final de sus memorias de la siguiente forma: “Desde hace muchos años, teniendo tranquilidad en el curso de ellos para observar los fenómenos sociológicos que se operaban en el país, medité la serie de vicios de orden económico, social, político, de justicia, de moralidad y administración, y saqué por consecuencia de mis meditaciones el desnivel en todos estos elementos, que si hubieran ido en buena marcha en tiempo del régimen porfiriano, sin duda hubiesen traído como resultado el adelanto de nuestro pueblo.”

Habiendo alcanzado al término de la guerra el grado de general y consumido todo su patrimonio en su fidelidad a la causa revolucionaria, volvió a los ruedos en 1921 tratando de rehacer su fortuna. Incluso en 1922 volvió a vestir de luces en España, pero ya había transcurrido demasiado tiempo. Después de haber transitado por la Edad de Oro, ya la Fiesta era otra y el toreo había sufrido una drástica transformación, por lo que su nombre no consiguió despertar la atención requerida.

Vicente Segura falleció en Cuernavaca (México) allá por los años cincuenta del pasado siglo

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