Y José Tomás reapareció.

Tres años mal contados sin clavar la mirada en la responsabilidad, sin oír el runrún de la plaza atestada, sin esperar el toque de clarín que le abra la boca del chiquero, sin pensar en el viento y en la infinidad de imponderables que, al final, dificultan o allanan el camino. Tres años sin ver su nombre en los carteles. Tres años esperando el prodigio de la resurrección. Tres años soñando con volver a hacer de sus sueños la vida. Tres años rumiando faenas con la obstinación del que busca milagros. Tres años de silencio, esperando que la voz de su toreo se tornara de nuevo una campana al viento. Tres años sin declamar el verso desolado de la vida y la muerte con un toro delante.

Tres años. Añadidos a los que lleva toreando sólo puntualmente, mucho tiempo. Tal vez demasiado. No para mellar en lo más mínimo su infinito poder de convocatoria. Basta anunciar su nombre y las entradas se agotan en tan corto tiempo –en menos de dos horas las de Jaén y no llegó a la media en Alicante– que causa asombro incluso entre los más acreditados profesionales del mercado por no encontrar a nadie en la variopinta oferta cultural del ocio global que ni llegue siquiera a comparársele. Pero hay otras cosas, también significativas, donde la erosión del tiempo parece haber impreso su huella de desgaste. Una de éstas ocurrió en Jaén, en el tercero de la tarde una vez terminado el tercio de varas. Solo, en los medios, José Tomás, elegido ya el terreno donde las zapatillas entonarían la solidez de su inmovilidad, se echa parsimoniosamente el capote a la espalda para quitar por gaoneras. Esa concatenación litúrgica de gestos bastaba en otros tiempos para que la plaza se sumiera en una excitación expectante que agitaba su corazón Era el cuchillo del escalofrío a la espera de que las embestidas sacaran chispas de los alamares. En Jaén, por el contrario, se tomó el gesto sin interés alguno, como uno más, como si el mensaje que siempre había encerrado su puesta en escena hubiera perdido su valor o ya no lo reconociesen las gentes.

Indiferente, el tiempo sigue su curso sin detener su monótono latido por nada ni por nadie ni siquiera por José Tomás. Todo parece correr hacia el pasado. Qué lejos se van quedando aquellos sueños niños, aquel perfume de inocencia, aquellas esperanzas flamantes y sinceras que embutían la mirada limpia de los primeros trajes de luces. Cuánta vida de por medio, cuántas fatigas, cuánta sangre, cuántos desencantos, cuántas peripecias, cuánto sufrimiento, cuánta grandeza, cuánta hombría, cuánta verdad, cuánta dignidad, para parirse como el torero único que ha llegado a ser. El conquistador de la más preciada virtud del hombre: la libertad.

No pude ir a Jaén. Fue Jaén la que vino a mí. Y lo hizo gracias a mi buen amigo, extraordinario pintor y singularísimo artista, Manuel Valenzuela, que movió los hilos para hacerme llegar, vía móvil, todo lo que ocurrió esa tarde en el coso de la Alameda. De ese modo, sin estar, estuve. Y vi. Y sentí. Y analicé. Y hasta disfruté; que hubo cosas muy encomiables, aunque las crónicas hayan pasado por ellas como si de vanos espejismos se tratara.

En cualquier caso, un análisis de la actuación tomasista, aunque sea tan somero como el que me propongo, precisa de un punto de partida claramente definido, de una perspectiva que contextualice el discurso y dé coherencia a los distintos aspectos que en él se traten. Con José

Tomás no hay problema alguno al respecto, pues sirve para ello enfatizar que, desde hace mucho tiempo, el diestro galapaguino está instalado en la excepcionalidad y es desde este incómodo lugar que se le ensalza, se le discute o se le niega. Esa excepcionalidad apareció muy poco por Jaén, empezando por el trapío de los toros escogidos para la encerrona. José Tomás siempre se ha distinguido por llevar astados un punto por encima en presencia de los normalmente lidiados en la plaza que fuere. Esta vez no ocurrió así y el público se lo reprochó. No tengo dudas de que si hubieran dado el juego apetecido, las cosas se habrían compensado y la gente no habría censurado tanto la presentación del ganado, pero no ocurrió así, y al entorno del torero hay que achacarle un fallo que no debería volverse a repetir.

En segundo lugar, instalarse en la excepcionalidad tiene la dificultad extrema de que no puede uno salirse de ella. Y eso, que es sumamente difícil de mantener en cualquier campo de actividad, aún lo es más en el arte del toreo, cuyos resultados no sólo dependen de la voluntad, sabiduría y entrega del hombre, sino del comportamiento de un ser irracional como es el toro, ajeno a cualquier guion que el torero haya trazado como proyecto. Ninguno de los cuatro toros lidiados en Jaén colaboraron para que La Estatua plasmara a obra completa la indudable excepcionalidad de su toreo, que sólo brilló a ráfagas, lo que contribuyó a que la tarde fuera deslizándose por una bruma de indefinible tristeza, alentada, no se olvide, por la tribu de reventadores que se dieron a remover sepulcros como siempre que José Tomás torea. Es lo malo de volar tan alto, que genera odio en todo lo que repta.

¿Acusó el torero la inactividad en la plaza más que en otras ocasiones? Dejo formulada la pregunta sin atreverme a darle taxativa respuesta, aunque puntualizando la impresión que me dio de conducirse con menos profundidad, menos solemnidad, de la que nos tiene acostumbrados. Lo digo en el sentido de dejarse llevar inconscientemente por la facilidad doméstica del toreo campero, más superficial y de menos calado que el que se practica cara al público con un toro en puntas.

Sin embargo, no quiero dejar en el lector una impresión equivocada. La pureza de José Tomás sigue estando presente, y lo estuvo en Jaén, como el pastoso regusto de su temple y ese valor que inquieta y sobrecoge. Es cierto que no pudo haber una faena redonda, de esas que visten las almas de blanco y elevan el arte de la lidia a su séptimo cielo, pero el toreo más exquisito tuvo cabida en su capa y su muleta. Déjenme recrearme en la quietud acariciada de las verónicas de recibo al que abrió plaza y en la mágica grandeza de las dos medias verónicas con que abrochó la serie, dignas del más grande José Tomás. A este astado le instrumentó su mejor toreo de capa de la tarde, añadiendo a lo anterior un quite de cinco pausadas y ceñidas chicuelinas rematadas con torera originalidad con una larga cambiada de pie que fue un dechado de armonía. Con el otro victoriano –tercero de la suelta– desempolvó la ardiente verticalidad de su gaonera, mientras volvió a acordarse de México en el de Juan Pedro quitando por caleserinas.

Lástima que el primer burel mantuviera durante toda la lidia su defecto de salir suelto, pues, pese a todo, la Estatua consiguió con él la faena de muleta más estructurada de la tarde. Después, de manera incomprensible para mí, se empeñó en matarlo en la suerte natural y falló. Sobresalientes por auténticas y por inesperadas fueron las dos tandas de naturales logradas en el tercero de la tarde cuando ya había cambiado la espada de ayuda por la de acero. Momentos antes, uno de esos advenedizos que disfrutaron molestando al de Galapagar durante casi toda la tarde, dejó oír nítido su rebuzno: “¡Me aburro!”. No sé si influido o no por esta salida de tono, José Tomás pasó al ataque para volver a ser furia y perfume, arrimándose una barbaridad y extrayendo del toro de Victoriano al natural dos series de enroscadas hechicerías que calaron hondo en el tendido. Fueron sus momentos más álgidos con la roja franela. Todavía realizaría una compacta faena al cuarto, cuando ya los relámpagos sólo querían descansar de la tarde y mostrar la sonrisa amarga de otra oreja cortada. Digna, pero insuficiente.

Concluimos: en Jaén, no salieron las cosas todo lo bien que siempre se espera de este torero. Llegado es el momento de que él y su entorno analicen pormenorizadamente todo lo acontecido y saquen las oportunas e imprescindibles conclusiones. Alicante espera a menos de dos meses y es preciso espantar a los demonios, que a José Tomás le quedan todavía muchas coplas de luz para que las canten sus muñecas y el desgarro de su autenticidad ni mucho menos ha pasado a estar en la reserva.

Artículo de opinión de Santi Ortiz

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