La lengua y el Toreo, heridos.

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Somos lenguaje. Y es el lenguaje quien nos abre la puerta de un mundo fascinante, un territorio exclusivamente humano al que ninguna otra especie animal tiene acceso: el ámbito de la cultura. Ya el mismo lenguaje es un atributo humano y solamente humano, pues únicamente un abuso terminológico permite aplicar dicha noción al resto del mundo animal. Los animales a lo más que llegan es a poseer un código de señales, que utilizan exclusivamente para vehicular información; un código que, a diferencia del lenguaje humano, que es aprendido, no es fruto de ningún aprendizaje, sino innato e instintivo.

Somos, pues, el único “animal que habla”, como nos definió Aristóteles. El continuo caudal de palabras que nos viste y nos construye, inunda nuestra mente a través de los sentidos dejando entre sus sedimentos la arcilla que nos va configurando hasta hacernos personas. A través del lenguaje es como asimilamos y reproducimos la experiencia del mundo; es él quien hilvana sensaciones y memoria para forjar en el tiempo nuestra más íntima individualidad.

No obstante, el hombre es un ser social; esto es: no vive solo, sino relacionándose con otros y esta relación se produce gracias a la comunicación, de la que existen distintos tipos, el más importante de los cuales es el lenguaje. No obstante, aunque para todos los hombres el lenguaje sea lo mismo, no lo emplean del mismo modo, pues unos grupos humanos se valen de unos signos y otros utilizan otros diferentes; esto es: el lenguaje se concreta en distintas lenguas o idiomas. Los sonidos, las palabras y las frases que utiliza un español son diferentes a los que, por ejemplo, emplea un ruso; pues bien, al sistema de signos de lenguaje que emplea el español se le denomina “lengua española”, y si es ésta la primera que aprendió, constituye su “lengua materna”.

En español expresamos nuestra experiencia del mundo y de la vida; en español pensamos, platicamos, amamos, sentimos, soñamos y, a través del lenguaje escrito, derribamos fronteras temporales y espaciales y nos comunicamos, para disfrutarlos, con Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo, Bécquer, los Machado, Lorca, Ortega y Gasset, Borges, Cortázar, García Márquez, Cela, Juan Marsé, los Goitisolo, Gamoneda, Eduardo Mendoza y tantas y tantas otras plumas insignes. No importa que la mayoría no sean de ahora o que no estén aquí. Al abrir las páginas de cualquiera de sus libros, su tiempo se abre al nuestro y el lenguaje que somos y el que el libro encierra dialogan para enriquecernos culturalmente haciéndonos experimentar sensaciones, vivir aventuras, visitar remotos territorios, degustar belleza y gozar ingenios. Y todo sin movernos del sitio.

El español lo hablan más de 580 millones de personas en el mundo y casi 489 lo tienen como lengua materna. En este sentido, es la segunda lengua del mundo por número de habitantes, tras el chino mandarín. Y son 21 los países que lo tienen como lengua oficial en la enseñanza; a saber (por orden alfabético): Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Guinea Ecuatorial, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

El toreo, por su parte, es una actividad firmemente enraizada en nuestra historia y en nuestro acervo cultural, por lo que forma parte –una parte muy destacada, diría yo– del patrimonio histórico y cultural común de todos los españoles y así está legalmente reconocido en la Ley 18/2013, que regula la Tauromaquia como patrimonio cultural.

Como es en España donde hunde sus raíces y donde nace y recoge sus primeros frutos, la tauromaquia es un fenómeno eminentemente nacional, no obstante, hace tiempo que dejó de ser exclusivamente español al haberse extendido a Europa y, sobre todo, a Hispanoamérica, de modo que el orbe taurino actual está compuesto por 8 países, que son (por orden alfabético): Colombia, Ecuador, España, Francia, México, Perú, Portugal y Venezuela.

De este fenómeno cultural, hemos de entender que el espectáculo taurino –la corrida de toros– es tan sólo la punta del iceberg de un universo muchísimo más vasto, por lo que la cultura taurina hemos de entenderla ramificándose y anegando un amplio mosaico de actividades que nos lleva desde la crianza y selección del toro de lidia hasta el abanico de oficios y menesteres profesionales, artesanales y auxiliares que orbitan y confluyen en el noble arte de la lidia.

En cuanto a la economía, la tauromaquia constituye también un sector de primera magnitud con una notable incidencia en el campo empresarial, fiscal, medioambiental, agrícola, ganadero, social, alimentario, industrial, turístico, así como fuente de generación de empleo y de ingresos para las Administraciones Públicas en concepto de ingresos fiscales, contribuciones a la Seguridad Social, percepción de tasas, etc.

En definitiva, la Tauromaquia es, en esencia y circunstancias, un fenómeno demasiado oceánico y complejo como para que se le pretenda despachar con cuatro consignas y cinco difamaciones como quiere el abolicionismo antitaurino, incapaz en su superficialidad de meterse en la caleidoscópica piel del toreo y analizar su alma y los valores que le asisten y transmite, no menos estimables por carecer en esta sociedad hedonista e irresponsable del reflejo que sería de desear.

Haciéndose eco de lo recogido en la ley que reconoce a la Tauromaquia como parte de nuestro patrimonio cultural y en el artículo 46 de la Constitución, el entonces gobierno de Mariano Rajoy, con el fin de garantizar la conservación y promoción de la fiesta brava, aprueba en 2013 un Plan Nacional de Fomento y Protección de la Tauromaquia –el célebre PENTAURO–, para garantizar el libre ejercicio de los derechos inherentes a la misma, así como impulsar los trámites necesarios para la solicitud de inclusión de la Tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.

Sólo han pasado siete años, pero de aquello no queda ni rastro. Ni en los toros ni en nada, pues ni el más osado adivino hubiera podido vaticinar entonces que íbamos a llegar a la insólita y surrealista situación en que ha desembocado España con este gobierno Frankenstein –como lo bautizó Rubalcaba–, en el que los golpistas secesionistas de Cataluña, los herederos de ETA, la progresía pseudoizquierdista de un Podemos sin brújula y un megalómano llamado Pedro Sánchez, iban a dirigir los destinos de este país.

De los muchos tributos a pagar por Sánchez para satisfacer el alquiler de la Moncloa, hay dos que pretenden cobrarse sendas piezas entre las más caras señas de identidad de España: la lengua y los toros. La primera, a instancias del independentismo de Esquerra Republicana de Catalunya y previo pacto de esta formación con PSOE y Podemos, va a dejar de ser –Ley Celaá mediante– lengua oficial del Estado, así como lengua vehicular en la Enseñanza. Por su parte, el segundo está sufriendo todo tipo de acosos desde dentro de la Administración, una vez que el buscón Iglesias le creó a su topo una dirección general –la de los (inexistentes) Derechos de los Animales–, desde donde mejor torpedear la Tauromaquia.

Esperemos que el Tribunal Constitucional, en el caso de la lengua, y el sentido común de los españoles a la hora de votar, en el de Podemos y los toros, les agüen la fiesta a estos nuevos censores; porque, si se salieran con la suya, íbamos a caer en el absurdo de que, precisamente el país creador de la lengua española y del toreo, tuviera que ser tachado de la lista de países que tienen al español como idioma oficial y de aquella de los que conforman el orbe taurino.

Ni a Samuel Beckett ni a Eugène Ionesco se les hubiera ocurrido algo mejor.

Artículo de opinión de Santi Ortiz.

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